miércoles, 24 de febrero de 2010

Rubén Vedovaldi: Buenas Noticias



Los medios que reproducen tan rápido y tanto cualquier catástrofe o mala noticia, terremotos, aludes, la que murió rociada con alcohol, etc,
tuvieron que decirlo, no pueden negar esa BUENA NUEVA NOTICIA.
Ha recuperado su identidad otro nuevo ex niño secuestrado en centro clandestino durante el Proceso y retenido por familia genocida con identidad cambiada

FRANCISCO MADARIAGA QUINTELA o Francisco MADARIAGA

El nieto ciento uno recuperado por Abuelas de Plaza de Mayo.

Todavía faltan trescientos noventa y nueve y si Ernestina Herrera de Noble no tiene nada que ocultar que no siga trampeando a la justicia y permita tomar sin trampas el ADN de sus hijos, para que todos sepamos de una vez por todas si son lo que se dice que son o no.

La memoria sigue insistiendo, la verdad sigue viendo la luz. La justicia sigue, para bien de toda la humanidad.

Hoy no me quedo mirando los tatuajes de Ricardo Fort o cómo desafina Zulma Lobato imitando a cómo gritaba Valeria Lynch, me quedo con las lágrimas de ese padre que ha recuperado a su hijo después de 34 años y espero otras nuevas buenas noticias.

Rubén Vedovaldi

martes, 23 de febrero de 2010

Eduardo Aliverti: El odio



Por Eduardo Aliverti

Sí, el tema de estas líneas es el odio. Planteado así, de manera tan seca y contundente, quizás y ante todo deba reconocerse que es más propio de cientistas sociales que de un simple periodista u opinólogo. Pero, precisamente porque uno es esto último, registra que su razonamiento respecto del clima político y social de la Argentina desemboca en algo que ya excede a la mera observación periodística.
Hay –es probable– una única cosa con la que muy difícilmente no nos pongamos todos de acuerdo, si se parte de una básica honestidad intelectual. Con cuantos méritos y deficiencias quieran reconocérsele e imputarle, desde 2003 el kirchnerismo reintrodujo el valor de la política, como ámbito en el que decidir la economía y como herramienta para poner en discusión los dogmas impuestos por el neoliberalismo. Ambos dispositivos habían desaparecido casi desde el mismo comienzo del menemismo, continuaron evaporados durante la gestión de la Alianza y, obviamente, el interregno del Padrino no estaba en actitud ni aptitud para alterarlos. Fueron trece años o más (si se toman los últimos del gobierno de Alfonsín, cuando quedó al arbitrio de las “fuerzas del mercado”) de un vaciamiento político portentoso. El país fue rematado bajo las leyes del Consenso de Washington y la rata, con una audacia que es menester admitirle, se limitó a aplicar el ordenamiento que, por cierto, estaba en línea con la corriente mundial. También de la mano con algunos aires de cambio en ese estándar, y así se concediera que no quedaba otra chance tras la devastación, la etapa arrancada hace siete años volvió a familiarizarnos con algunos de los significados que se creían prehistóricos: intervención del Estado en la economía a efectos de ciertas reparaciones sociales; apuesta al mercado interno como motor o batería de los negocios; reactivación industrial; firmeza en las relaciones con varios de los núcleos duros del establishment. Y a esa suma hay que agregar algo a lo cual, como adelanto de alguna hipótesis, parecería que debe dársele una relevancia enorme. Son las acciones y gestos en el escenario definido como estrictamente político, desde un lugar de recategorización simbólica: impulso de los juicios a los genocidas; transformación de la Corte Suprema; enfriamiento subrayado con la cúpula de la Iglesia Católica; Madres y Abuelas resaltadas como orgullo nacional y entrando a la Casa Rosada antes que los CEO de las multinacionales; militancia de los ’70 en posiciones de poder. En definitiva, y –para ampliar– aun cuando se otorgara que este bagaje provino de circunstancias de época, sobreactuaciones, conciencia culposa o cuanto quisiera argüirse para restarles cualidades a sus ejecutores, nadie, con sinceridad, puede refutar que se trató de un “reingreso” de la política. Las grandes patronales de la economía ya no eran lo único habilitado para decir y mandar. Hasta acá llegamos. Adelante de esta coincidencia que a derecha e izquierda podría presumirse generalizada, no hay ninguna otra. Se pudre todo. Pero se pudre de dos formas diferentes. Una que podría considerarse “natural”. Y otra que es el motivo de nuestros desvelos. O bien, de una ratificación que no quisiéramos encontrar.
La primera nace en el entendimiento de la política como un espacio de disputa de intereses y necesidades de clase y sector. Por lo tanto, es un terreno de conflicto permanente, que ondula entre la crispación y la tranquilidad relativa según sean el volumen y la calidad de los actores que forcejean. Este Gobierno, está claro, afectó algunos intereses muy importantes. Seguramente menos que los aspirables desde una perspectiva de izquierda clásica, pero eso no invalida lo anterior. Tres de esos enfrentamientos en particular, debido al tamaño de los bandos conmovidos, representan un quiebre fatal en el modo con que la clase dominante visualiza al oficialismo. Las retenciones agropecuarias, la reestatización del sistema jubilatorio y la ley de medios audiovisuales. Ese combo aunó la furia. Una mano en el bolsillo del “campo”; otra en uno de los negociados públicos más espeluznantes que sobrevivían de los ’90, y otra en el del grupo comunicacional más grande del país, con el bonus track de haberle quitado la televisación del fútbol. De vuelta: no vienen al caso las motivaciones que el kirchnerismo tenga o haya tenido y no por no ser apasionante y hasta necesario discutirlas, sino porque no son aquí el objeto de estudio. Es irrebatible que ese trío de medidas –y algunas acompañantes– desató sobre el Gobierno el ataque más fanático de que se tenga memoria. Hay que retroceder hasta el segundo mandato de Perón, o al de Illia, para encontrar –tal vez– algo semejante. Potenciados por el papel aplastante que adquirieron, los medios de comunicación son un vehículo primordial de esa ira. El firmante confiesa que sólo la obligación profesional lo mueve a continuar prestando atención puntillosa a la mayoría de los diarios, programas radiofónicos, noticieros televisivos. No es ya una cuestión de intolerancia ideológica sino de repugnancia, literalmente, por la impudicia con que se tergiversa la información, con que se inventa, con que se apela a cualquier recurso, con que se bastardea a la actividad periodística hasta el punto de sentir vergüenza ajena. Todo abonado, claro está, por el hecho de que uno pertenece a este ambiente hace ya muchos años, y entonces conoce los bueyes y no puede creer, no quiere creer, que caigan tan bajo colegas que hasta ayer nomás abrevaban en el ideario de la rigurosidad profesional. Ni siquiera hablamos de que eran progresistas. La semana pasada se pudo leer que los K son susceptibles de ser comparados con Galtieri. Se pudo escuchar que hay olor a 2001. Hay un límite, carajo, para seguir afirmando lo que el interés del medio requiere. Gente de renombre, además, que no se va a quedar sin trabajo. Gente –no toda, desde ya– de la que uno sabe que no piensa políticamente lo que está diciendo, a menos que haya mentido toda su vida.
Sin embargo, más allá de estas disquisiciones, todavía estamos en el campo de batalla “natural” de la lucha política; es decir, aquel en el que la profundidad o percepción de unas medidas gubernamentales, y del tono oficialista en general, dividieron las aguas con virulencia. Son colisiones con saña entre factores de poder, los grandes medios forman parte implícita de la oposición (como alternativamente ocurre en casi todo el mundo) y no habría de qué asombrarse ni temer. Pero las cosas se complican cuando nos salimos de la esfera de esos tanques chocadores, y pasamos a lo que el convencionalismo denomina “la gente” común. Y específicamente la clase media, no sólo de Buenos Aires, cuyas vastas porciones –junto con muchas populares del conurbano bonaerense– fueron las que el 28-J produjeron la derrota electoral del kirchnerismo. ¿Hay sincronía entre la situación económica de los sectores medios y su bronca ya pareciera que crónica? Por fuera de la escalada inflacionaria de las últimas semanas, tanto en el repaso del total de la gestión como de la coyuntura, los números dan a favor. En cotejo con lo que ocurría en 2003, cuando calculado en ingresos de bolsillo pasó a ser pobre el 50 por ciento del país, o con las marquesinas de esta temporada veraniega, en la que se batieron todos los records de movimiento turístico y consumo, suena inconcebible que el grueso de la clase media pueda decir que está peor o que le va decididamente mal. Pero eso sería lo que en buena medida expresaron las urnas, y lo que en forma monotemática señalan los medios.
Veamos las graduaciones con que se manifiesta ese disconformismo. Porque podría conferirse la licencia de que, justamente por ir mejor las cosas en lo económico, la “gente” se permite atender otros aspectos en los que el oficialismo queda muy mal parado, o apto para las acusaciones. Ya se sabe: autoritarismo, sospechas de corrupción, desprecio por el consenso, ausencia de vocación federalista, capitalismo de amigotes y tanto más por el estilo. Nada distinto, sin ir más lejos, a lo que recién sobre su final se le endilgó a Menem y su harén de mafiosos. ¿Qué habrá sucedido para que, de aquel tiempo a hoy, y a escalas tan similares de bonanza económica real o presunta, éstos sean el Gobierno montonero, la puta guerrillera, la grasa que se enchastra de maquillaje, los blogs rebosantes de felicidad por la carótida de Kirchner, los ladrones de Santa Cruz, la degenerada que usa carteras de 5 mil dólares, la instalación mediática de que no llegan al 2011, el olor al 2001, el uso del avión presidencial para viajes particulares? ¿Cómo es que la avispa de uno sirvió para que se cagaran todos de la risa y las cirugías de la otra son el símbolo de a qué se dedica esta yegua mientras el campo se nos muere? ¿Cómo es que cuando perpetraron el desfalco de la jubilación privada nos habíamos alineado con la modernidad, y cuando se volvió al Estado es para que estos chorros sigan comprándose El Calafate? Pero sobre todo, ¿cómo es que todo eso lo dice tanta gente a la que en plata le va mejor?
Uno sospecharía principalmente de los medios. De sus maniobras. De que es un escenario que montan. Pues no. Por mucho que haya de eso, de lo que en verdad sospecha es de que el odio generado en las clases altas, por la afectación de algunos de sus símbolos intocables, ha reinstalado entre la media el temor de que todo se vaya al diablo y pueda perder algunas de las parcelas pequebú que se le terminaron yendo irremediablemente ahí, al diablo, cada vez que gobernaron los tipos a los que les hace el coro.
Debería ser increíble, pero más de 50 años después parece que volvió el “Viva el Cáncer” con que los antepasados de estos miserables festejaron la muerte de Eva.

Eduardo Aliverti
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domingo, 21 de febrero de 2010

Orlando Barone: La crispación crispa más a quienes la anuncian



Palabra enojada y rabiosa, crispación. Hasta hace unos años aunque figuraba en el diccionario era casi desconocida. Se atribuye su propagación a los dos últimos y sucesivos gobiernos. Y con preponderancia a una letra: la K. Pero ha estado ocurriendo un extraño fenómeno por el cual la crispación parece haberse asentado más en quienes la denuncian, que en sus presuntos autores: es decir, los dos gobiernos de los últimos años. Así, producto de ese desplazamiento del “crispacionismo”, es que el síndrome ataque cada vez más a la oposición que al oficialismo. Cada vez más a quienes miran que a quienes hacen. Y es lógico que esté más crispada la maza de demolición que la espátula que alisa. Sería injusto atribuir exclusivamente a Elisa Carrió este cuadro de iracundia y de encono ya crónicos. Y aunque Carrió ha hecho largos méritos para aspirar al arquetipo crispado , no está sola en ese diagnóstico. Si se pusieran una al lado de otra las caras de los protagonistas políticos, económicos y sociales,¿quiénes están más crispadas, las del Gobierno o las de los opositores? Es evidente que las caras de los de la Mesa de Desenlace les ganan fácil a los que les cobran las retenciones. ¿ Y entre las de los economistas del Plan Fénix y las de los Melconian, Cachanovsky, Roque Fernandez, Cavallo y Redrado cuáles les inspiran menos crispación? No lo podría asegurar pero Gerardo Morales, Patricia Bullrich, Luis Juez, Chiche Duhalde y Carlos Reutemann aparecen bastante damnificados por el síndrome. Mucho más que los diputados Pichetto o Rossi o Heller. O que el licenciado Mariotto, al que después de haber logrado lo que logró lo único que lo puede crispar es que los crispados por la Ley de Medios se pongan contentos. Cuando se enfrentan por radio Magdalena Ruiz Guiñazú y Aníbal Fernández uno se queda pensando que la crispación está causando más devastación en Magdalena que en el ministro. Y está esa curiosidad de que cuando se debaten causas por Derechos Humanos se atacan de crispación menos los familiares de las víctimas que sus ideólogos y victimarios. La farándula rica está crispada hasta querer instaurar el fusilamiento. Las tapas de los grandes diarios y de algunos pequeños- aunque si se crispan, hasta los grandes se vuelven tamaño gnomo- y los noticieros y sus “noticiadores”, están tan crispados que la crispación sale por las pantallas del televisor, y si el telespectador no ofrece resistencia, queda contagiado ipso facto. Pueden dar fe de ese contagio una gran parte de los automovilistas y acompañantes que sintonizan programas de notables comunicadores crispados de alta crispación antiogobierno. La crispación se vuelve un vicio, una adicción. Para algunos ostentar un alto grado de crispación les da autoridad social en las colas del banco, en la sala de espera del coiffeur o en el intervalo de una obra de teatro de Enrique Pinti. Se sabe ya que los más crispados son los grandes medios en todas sus versiones gráficas y audiovisuales: están crispados de la mañana a la noche. Sueñan crispados. Se crispan por todo: el calor, la lluvia, el granizo, la humedad, los piquetes, los trapitos, las murgas, el peceto, el cuaderno Avón y la verdurita. Los que más los crispa es que alguien mencione la esperanza y no el derrumbe. Ya hasta existe un maquillaje crispación para acentuar el síndrome en las caras de los conductores de televisión. No se cómo no se ha compuesto aún una cumbia o rap “La crispación”. Les regalo una estrofa “ Si te dicen que crispás, contestá:/ más crispado estás vos./ Si se enojan por la crispación ,/ contestales que no./ Si te quieren crispar, contestales, andá”.

Orlando Barone
http://orlandobarone.blogspot.com/
Carta abierta leída por Orlando Barone el 18 de Febrero de 2010 en Radio del Plata.



Horacio González: Conspiración y república



Por Horacio González

No es posible sacarse de encima la palabra conspiración. Célebres conspiraciones han quedado en la memoria histórica, como la de Catilina. Es difícil saber lo que ocurrió en esos remotos años de Roma. Los grandes documentos que subsisten, el muy dudoso de Salustio y los discursos de Cicerón, incriminan a Catilina. Quedó la expresión “catilinaria” como un recurso argumental punzante y escarnecedor contra los autócratas. En la Argentina se escribieron dos grandes textos inspirados en ese distante drama romano. El Catilina del sutil nacionalista Ernesto Palacio, que hace del conspirador un lúcido plebeyo. (El libro estaba dirigido contra el general Uriburu, autor del golpe de Estado que en principio Palacio había apoyado.) Y luego, veinte años después, las Catilinarias de Martínez Estrada, tituladas ¿Qué es esto?, una pregunta que se quiere ciceroniana y revela la cultivada perplejidad del autor con respecto al peronismo. En un tiempo, los escolares argentinos recitaban la frase de Cicerón en su famoso alegato: ¿Quosque tandem, Catilina, abutere patientia nostra? Parece pregunta inocente, pero la acusación contra el conspirador es grave: abusa de la paciencia nuestra y hay que combatirlo con una impaciencia mayor. Sin embargo, el conspirador es impaciente en sociedades que no son tan diferentes a él. Son también impacientes estas sociedades contemporáneas pautadas por el régimen de las grandes escenas, donde el protagonista no es ninguna sustancia sapiente sino la “comunicación”. La impaciencia es un estado de ánimo subyacente, genérico, implícitamente revulsivo. Un “malestar en la cultura”. Todo puede saberse y todo aparece como sublimación banal de algo que ya no sabemos explicar.
La política siempre es pública, azarosa e inesperada. Pero la persigue como su sombra una cuerda interna: la conspiración. En un largo y curioso trabajo, Marx trata el tema. Se titula “Herr Vogt”. Es el nombre de un agente doble del Estado prusiano. En El 18 Brumario también considera Marx una gran conspiración, aunque no la llama así. Pero reclama el triunfo de la historia productiva contra las “pesadillas del pasado”.
La historia argentina es pródiga al respecto, y el nombre de conspiración fue usado sin mengua en nuestros módicos relatos históricos. La conspiración de Alzaga, la conspiración de Maza en 1839. Y el golpe de 1930, sobre el cual existe un curioso escrito juvenil de Perón, un comentario sabroso de innumerables reuniones sigilosas sobre lo que allí se complotaba. Episodios de contestación política en los manuales escolares siguen llamándose conspiración si no tienen la fortuna de prosperar; y cambiando de nombre por el de revolución, si consiguen generar un poder victorioso. También adquieren a veces connotaciones prestigiosas (el conspirador literario de Joseph Conrad o de Borges), o inversamente los ropajes de un atentado a la democracia (el conspirador de las clásicas derechas económicas e ideológicas, como las que desgastaron a Alfonsín, aunque a aquellos episodios se los llamó “golpe de mercado”).
¿Hay conspiración en la Argentina? Ni hace falta la pregunta, porque se refiere a un objeto inhallable, pero real. No son necesarias sedes físicas, ni proyectos previamente aprendidos por los conjurados. La conspiración es lo más visible que hay. Son hilos comunicacionales a la vista. En cualquier sociedad que vive horas intranquilas, la conspiración es un “sentimiento oceánico”. Una forma mental, una hipótesis de trabajo político. Y también la imaginería irreversible que permite iniciar toda conversación cotidiana. Nuestros republicanos de último momento (ellos desconocen la historia de este gran concepto) creen que una armonía juramentada entre las instituciones, las equilibradas relaciones entre Parlamento, Poder Judicial y Ejecutivo, son el único basamento de la lógica social. No dice lo mismo la historia del pensamiento político, que estudia precisamente la lucha subterránea entre esas instituciones. Se llama política a la catarsis palpable de esas luchas.. Este diferendo es el hilo de toda cuestión institucional. Procurar un nuevo compromiso “alberdiano” en la Argentina no sólo exige refundar las instituciones estatales sino repensar el nuevo poder constitutivo de las manufacturas productoras de arquetipos morales y perceptivos. Esto es, los medios de comunicación. Es precisamente esa ignorancia “republicana” en los factores que desequilibran profundamente el cuadro clásico de poderes lo que los hace ser utópicos sin que lo quieran, mientras que el gran republicanismo democrático hace del realismo crítico su gran utopía constructora. Hay un republicanismo deshistorizado y un republicanismo a reconstituir, y éste último presupone profundizar la vida democrática.
De alguna manera, la conspiración siempre debe estar a la luz del día, tal como les recomendaba Chesterton a sus simpáticos conspiradores. No cabe otra posibilidad en este tiempo de las imágenes seriales como señuelo del pensamiento colectivo. Los momentos de expresión del desasosiego en la realidad de las ciudades son tumultuosos. Pero es calculadamente administrada la retórica de producción de imágenes. Ellas encuadran el tumulto y la agitación con decisiones finales de montaje. La revuelta como “pasión oceánica” y la institución ordenadora por imágenes clasificadas son una pinza antirrepublicana al gusto de los nuevos republicanos mediáticos. No están en disposición de pensar un problema, como el republicanismo que acompañó las grandes luchas sociales, sino en actitud de estar “atropellados”. Se sienten arrollados, se proclaman vulnerados, están siempre alarmados. No son subjetividades históricas, que buscan sus símbolos y lenguajes, sino imágenes etéreas que consideran resumir la historia en cada una de sus apariciones. No saben hasta qué punto ese hecho carcome las bases mismas de la democracia republicana y social que hay que rehacer en la Argentina.
Este tipo de republicanismo banal está expuesto a la conspiración, todo lo involuntariamente que se quiera. Mientras una sociedad turbada devora símbolos rotos y lastimados (producto de la conspiración ineluctable en que recae el pensar político), tenemos por primera vez ante una observación completa las condiciones de producción de todo el sentido social. Todo está a la vista y todo puede ser conspirativo. El momento es fascinante y equívoco. De total transparencia, y no porque se sepa todo sino porque los cimientos de todas las instituciones políticas y comunicacionales están mutuamente interferidos y en lucha. Queda a la vista un desnudamiento general del escenario de fabricación de todo lo político. La política consiste en revisar los cimientos de las nuevas economías semiológicas, judiciales y tecnológicas. Y los estilos dominantes en el poder comunicacional consisten en indagar las vidas pululantes para saber lo soterrado. El antiguo ser de la política responde a su altura y se lanza también a escudriñar: quiénes son los propietarios de los medios, cómo arman sus procedimientos, cómo se relacionan los actos financieros con los poderes mundiales, a qué responden las opiniones “especializadas”, “periodísticas”, “académicas” o “científicas”.
Las presuposiciones últimas del mismísimo juicio político y su materia –la palabra– están en discusión. Gabinetes mediáticos de todo tipo –en las sombras– examinan los dichos de todos y los exhiben como trofeo y vindicta. Cada frase pronunciada nace inocente, y termina respirando barro y sangre por sus poros. Es una guerra por las islas, pero las islas de edición. De qué modo se asevera la filiación de las personas, cómo se generó la fortuna de los políticos, todo puede ser investigado porque todo ofrece la carne viva de la genealogía y la formación de dominios. Y todo merece una lucha. La hipótesis republicana más elemental lucha por la extraviada armonía entre poderes, pero se amputa cuando parlamentariza o judicializa. Quiere reparar la armonía iniciando actos que la condicionan. El Poder Ejecutivo, al que se suele denominar decisionista, populista o corrupto, se torna repentista y actúa entre las fisuras que le permiten un cerco pulsional en el que proliferan las instituciones fácticas de un gobierno alternativo: variadas decisiones judiciales, trastiendas en las que se sigue el flujo dinerario universal, numerosos programas de televisión, estrategias de creación de imagen de futuros candidatos, investigaciones clandestinas, tecnologías de vigilancia social, tráficos económicos en las sombras, surgimiento de nuevos ídolos mediáticos, crímenes oscuros, pistolas eléctricas.
Por primera vez, ser decisionista puede ser simultáneo al debilitamiento del presidencialismo tradicional del país. El Poder Ejecutivo es una fuerza más que lanza providencias y osadías en medio de un hervidero de poderes feudalizados y tecnológicos. Y en una sociedad como ésta, ¿podrían verse síntomas de República? Mientras no haya acuerdo social relevante, debilitar el presidencialismo, si se entiende bien a los clásicos, es quebrar la República en nombre de las corporaciones públicas o privadas, visibles o clandestinas. Si esto ocurriera, por fin coincidirían en una misma transparencia despótica, todo a la vista, la política y la conspiración.
La política está siempre en estado de apuesta improbable y una de sus fases permanentes es la conversación reservada. Lo que se proyecta puede quedar en la ilusión de su disparatado inicio o diseminarse como necesidad colectiva. En este caso se sobreentiende que subyacía una previa intranquilidad en los estados de ánimo. Entre Catilina y Cicerón, dos fantasmas en la historia, por más que uno sea un puro cuerpo de discursos, hay un mutuo lance de necesidades compartidas. A veces encarnamos a uno, a veces somos el otro. La conspiración es siempre una sobreinterpretación de los hechos. Tienen razón los que dicen que se equivoca la “teoría conspirativa de la historia”. El saldo final de la historia no se parece a la conspiración; de tantos proyectos resquebrajados, de tantas promesas vanas, de tantos cálculos sobre bases inciertas, de tantas especulaciones en el vacío, al final lo que queda lo llamamos objetividad y documento colectivo. Sin ellos, la política queda huérfana. Esta lucha será ganada por quienes refunden la objetividad social en la Argentina, forma esencial de la justicia.

Horacio González
Sociólogo, ensayista, director de la Biblioteca Nacional.
Fuente: http://www.pagina12.com.ar/

Norberto Galasso: Nunca he almorzado con Mirtha Legrand



Nunca he sido invitado al programa de Mariano Grondona, ni me he abrazado con gorilas como Carrió, ni he coincidido con los Pinedo, ni he sido cómplice de la Sociedad Rural en ninguna votación

El 19 de enero último, desde INFOSUR, página web de Proyecto Sur, me han lanzado un agravio que me veo obligado a responder.

Desde INFOSUR me califican de “gran historiador”, autor de “un libro fabuloso”, “una obra clásica sobre la Deuda Externa”, al igual que la “maravillosa biografía San Martín” y me tratan reiteradamente de “querido compañero”, para, después, lanzarme esta baja puñalada: “¿Qué hacemos ahora con esas cuatrocientos páginas (del libro sobre la Deuda Externa)...?”, como diciendo: “nos las vamos a meter en cierta parte” pues el autor sería un traidor, se habría quebrado, estaría al servicio del gran capital financiero internacional.

Todo esto con motivo de que he sostenido que “ahora es difícil desentrañar la ilicitud de parte de la deuda” y que varios gobiernos le han dado “una especie de legalización” al renegociar sobre ella aunque igualmente “hay que investigar los ilícitos”, pero que lo más importante “es unir a América Latina en el no pago y patear el tablero” porque la cuestión no es tanto tener razón “sino tener fuerza”.

Curiosamente, la nota de Infosur prueba mi coherencia.

Se inicia con una frase de mi libro: “La deuda ha operado como un instrumento de saqueo y sumisión semicolonial” (2002).

Y concluye con otra declaración mía, actual: “Ahora hay que favorecer la unidad latinoamericana y proponer que todos los países denuncien que fueron estafados y que no se paga”.

Mayor coherencia, imposible.

En “Cash”, del 24/1/2010, sostuve lo mismo: “Hay que investigar y reforzar nuestro poder para decidir en conjunto. A las finanzas internacionales no les importa cuándo (ni cómo) se contrajo la deuda.
Hay que finalizar este proceso de otra manera, a partir de la unidad latinoamericana, donde todos los países puedan expresar una opinión común frente a los acreedores internacionales”.

Es decir, hay que investigar y hay que poseer suficiente fuerza para no pagar.

Hoy no contamos ni con una cosa, ni con la otra, pero el objetivo final es el no pago.

Disentimos, eso sí, en la táctica, como también disentimos en la táctica general que desarrolla Proyecto Sur en política.

¿En que disentimos?

En primer término, en que no se trata de quien grita más fuerte ni quién se escandaliza moralmente contra los piratas internacionales, sino en tener la fuerza suficiente: un pueblo movilizado y consciente del problema, capaz -como lo han sido los cubanos- de aguantarse todas las represalias, inclusive un bloqueo.

Por eso, es imprescindible una acción concertada de América Latina -que va camino a su unificación- para patear el tablero.

En la discusión con los filibusteros, estábamos mucho mejor parados en 1983, como ha dicho la Presidenta, porque salíamos de una dictadura y habíamos allanado el estudio Klein Mairal y Olmos había presentado su acusación... pero también es cierto que no teníamos fuerza y Alfonsín tampoco tuvo audacia y concluyó claudicando en ésta, como en otras cuestiones.

Después hubo canje de títulos que complican nuestra argumentación respecto al comprador de buena fe y sucesivos gobiernos pagaron y renegociaron y se negaron a analizar lo rescatado en el estudio Klein, así como la acusación de Olmos que el juez Ballesteros remitió al Congreso.

En 1999, recuerdo que fuimos al Congreso con Olmos, Norberto Acerbi, Luis Donikian, Carlos Juliá y unos pocos más -no estaban muchos que ahora levantan su voz y celebro que ahora lo hagan-, pero, entre los diputados, solo Alfredo Bravo y Luis Zamora –más allá de mi disidencia política con ellos- se preocuparon por escuchar el alegato de Olmos.

Y no pasó nada.

Después vinieron otras negociaciones, entre ellas, la quita de la época kirchnerista. Nos guste o no, implícitamente también la quita significó lo que llamé “una especie de legalización” y que tanto ha irritado a Infosur.

Pero de ninguna manera digo que no hay que investigar.

Tampoco propongo no pagar mientras no tengamos fuerza para desconocerla.

En fin, insisto, se trata de diferentes tácticas, porque las tácticas cambian según el momento histórico y no hay por qué injuriar ni descalificar cuando coincidimos en lo central: que fue una estafa y que, cuando podamos, debemos declarar que la deuda es cero.

Ahora bien, como el querido compañero se preocupa y no sabe en qué lugar colocarse mis 400 páginas del libro De la Banca Baring al FMI, voy a tranquilizarlo con respecto a mi supuesta traición.

Entonces, empiezo para disipar dudas: con 50 libros publicados (discúlpeme pero hay tanto soberbio suelto que por una vez puedo violar mi modestia) nunca he sido invitado al programa de Mariano Grondona, ni he almorzado con Mirtha Legrand, ni me he abrazado con gorilas como Carrió, ni he coincidido con Pinedo (ni el abuelo, ni el nieto), ni he sido cómplice de la Sociedad Rural en ninguna votación.

Tampoco me reportean ni “La Nación” ni “Clarín”, así que puede estar tranquilo.

Esa gente sí tiene conciencia de clase, no la que supone Pitrola que deberían tener los trabajadores.

Son clasistas en serio y hay que tener cuidado porque a veces son muy amables y si pueden, lo usan a uno.

Le sigo contando para que vea que no estoy “quebrado”. Vivo en Parque Chacabuco, un barrio de clase media, en una casa con pileta... de lavar la ropa.

Una sola casa (herencia familiar) no dos, porque se sabe que alguna gente tiene dos: una para vivir y otra para albergar el ego. Tampoco tengo auto.

Viajo en subte (vocación de minero, como decía Unamuno). Futbolísticamente soy de San Lorenzo que ya es demasiada carga para andar por la vida.

Cobro la jubilación mínima y subsistimos con mi familia con algunos derechos de autor y un modesto alquiler de un local de esa vieja casa paterna...

Usted, “querido compañero”, dirá seguramente: -Aquí te pillé, ¡eres rentista! (Carlos Marx seguramente no me lo reprocharía y sabría comprenderme ya que, salvando las distancias, no tengo ningún Federico Engels a mano).

No soy revisionista a secas, como usted dice, confundiéndome (por ignorancia o por picardía) con Ibarguren o Irazusta.

No soy rosista, soy de la línea: Moreno, Artigas, Dorrego, los caudillos federales (en especial El Chacho y Felipe Varela), el PAN en su época antimitrista, Yrigoyen y Perón.

Esta reivindicación, hecha desde una Izquierda Nacional, que apoya todo movimiento antiimperialista tratando siempre de mantener su independencia ideológica, política y organizativa, es decir, “Frente Obrero” en el 45, representada luego, por bastante tiempo por Abelardo Ramos, salvo sus últimos años. Asimismo, me siento latinoamericano de Martí, Sandino, Fidel, El Che, Evo, Chávez, Correa y tantos otros.

Me considero, sobre todo un militante y por ello he sacrificado mi interés por la literatura y la cinematografía.

En música, cero.

Salvando también la distancia, digo, como Jauretche, que no distingo la marcha peronista de la marcha de la libertad.

Desde esa perspectiva de I. N., estoy más a gusto en la CGT de Moyano o en la CMP de D’Elía, que viajando por Europa o asistiendo a fiestas de embajada.

No soy kirchnerista pero apoyo a este gobierno.

Lo considero lo mejor que hubo desde que murió Perón, más allá de limitaciones y carencias, que son propias de una sociedad fuertemente golpeada por la dictadura genocida, la frustración de Alfonsín, la traición de Menem, la estupidez de De la Rúa, el derechismo de Duhalde, etc..

Me defino así porque creo conocer donde está el enemigo principal, la correlación de fuerzas y el nivel de conciencia política de los trabajadores y de los sectores medios (algunos de éstos, me aterran).

Por eso, jamás se me ocurriría hacerle juicio penal a Cristina por mal desempeño, porque no corresponde y porque la pondría al borde del juicio político, para solaz de Cobos y la “nueva unidad democrática” y además porque entonces eso debiera habérselo hecho a todos los presidentes anteriores (incluso legisladores) y hacerlo ahora es demasiada complicidad con los destituyentes.

Este gobierno avanza todo lo que puede y si llegase a caer, no deliremos que va a venir algo mejor, sino la derecha más reaccionaria.

Algo más: integro la corriente política Enrique Santos Discépolo, dirijo el mensuario “Señales Populares”, adscribo a Carta Abierta.

En lo fundamental, tengo la certeza de que el futuro es nuestro, de los trabajadores, en el camino de la liberación nacional y la unidad latinoamericana, hacia el socialismo.

Sólo ocurre que, “como lechuza largamente cascoteada”, sé distinguir los enemigos y los tiempos.

Creo que Trotsky era el que decía que hay gente que confunde 1905 con 1917 ó, ahora en el bicentenario, 1810 con 1816.

Y para terminar, me acuerdo de Cooke.

El le decía a Hernández Arregui: el intelectual se define sobre el trazo largo de la historia, pero el político tiene que definirse hoy y aquí, todos los días, teniendo presente aquellos objetivos finales, pero sin perder conciencia de en qué momento y en qué lugar está actuando.

Creo que algo de esto es lo que nos aleja.

Disculpen la extensión pero, en verdad, preferiría que no se ocupasen de mí y profundizasen la discusión sobre la naturaleza histórica del kirchnerismo y cuál es la mejor forma de ayudar a Argentina y al resto de América Latina en estas luchas que van hacia el 2011.

Norberto Galasso
Fuente: http://www.discepolo.org.ar/node/274

Rubén Vedovaldi: Mitos argentinos



SOBRE MITOS ARGENTINOS Y APARATOS FILOSÓFICOS IMPOPULARES

Lamento no haber podido formarme académicamente en filosofía, antropología, sociología, psicología, historia y literatura, con nivel universitario y la suficiente solvencia crítico-analítico-ensayística como para tratar el pensamiento o la perversión del pensamiento publicitado de, por ejemplo, ese solitario resentido o progresista arrepentido que hoy es Juan José Sebreli, entre otros que están siendo tan difundidos, tan mimados por los poderosísimos multimedios transnacionales de publicidad y propaganda. No digo haberme capacitado teóricamente a nivel universitario para negarlos con alguna crítica demoledora, sino tener mejor andamiaje para revisarlos, para reflexionar y pesar lo bueno y lo malo sobre lo que opina un Sebreli cuando sostiene que hubo cuatro mitos populares nefastos para la cultura de los argentinos, como son: Gardel, Evita, el Che y Diego Armando Maradona.
Mi saber es el de uno que escucha radio, que lee diarios y revistas, que mira cine o TV como todos, y ha escuchado discos, he visto a cantantes y orquestas de tango, pero no tengo ese nivel o capacidad para fundamentar, para desarrollar racional, lógica y metódicamente una intuición que me viene a las entrañas o a la mente cuando veo u oigo criticar cruelmente y opinar sobre mitos populares.
Me parece que no se puede chivar al hombre por el mito que a partir de su vida pública se genera.
Sebreli se aburre mucho en el día del amigo porque no lo saluda nadie, entonces, de bronca se la agarra contra el pueblo y dice que Gardel era políticamente un oportunista relacionado con el Partido Conservador y que aprovechó esas relaciones para trepar en su carrera. Eso es comprensible porque en los años veinte del siglo pasado el poder y el dinero lo manejaban los conservadores y después algún puntero radical negociador, pero ninguna otra fuerza política popular tenía el poder de bancar una carrera artística costosa como la de Gardel.
Dice Sebreli que a los temas más famosos o reconocido no los hizo Gardel sino que hubo arregladores que lo asesoraron sobre qué letras elegir como repertorio vendible, qué nivel de lenguaje emplear, cómo decir o cantar. Es decir, asesores de imagen, asesores del constructo o producto llamado Gardel.
Valga aclarar que el mito Gardel no existía en vida de ese cantor, el mito no lo hizo el cantor sino la gente de los barrios humildes.

El accidente aéreo en Medellín con su muerte trágica fue el desencadenante principal de algo que ya estaba armado en potencia por el sello discográfico y los productores cinematográficos para vender esa última imagen de Gardel que hemos comprado y elevado a mito popular de todos los argentinos.
Pero a ese santuario de adoración y fervor popular no lo sueñan los asesores de imagen, sino que la proyección imaginaria, la mitificación, la mistificación, la ficción, ilusión, fantasía, fantasmagorización, leyenda, etc, responden a una necesidad psíquica tan profunda como la necesidad de soñar y cumplen una función comparable a la que la interpretación psicoanalítica de los sueños descubre estudiando clínicamente la función onírica.
El mito es una manifestación colectiva de deseo, un sueño despierto y colectivo. Encarna la manera en que vamos depositando o delegando en el genio o la figura de alguien nuestros deseos de trascender la triste situación particular que sufrimos o soportamos como clase baja mal entretenida y amontonada en conventillos, como suburbanos o villeros.
Mucha gente no soportaría el peso de tener que seguir viviendo o sobreviviendo si no se permitiera soñar o mitificar o conectar de algún modo con el ya construido pero abierto mito del zorzal criollo, el morocho del abasto, el bronce que ríe y cada día canta mejor, ese que –aunque la realidad histórica lo desmienta- habiendo sido hijo de madre sola o soltera, exiliado pobre, pibe de barrio que salía a vender frutas con un carrito, llegó a gustarle a muchos parroquianos que lo oían cantar en un bar, en un club.
Y lo elogiaron tanto que llegó a la radio, al disco, a que los diarios y revistas hablaran de él, al cine, a la estampita o calcomanía pegada en carros, en colectivos, en taxis, en peluquerías, carnicerías de barrio, verdulerías, etc.
En el mito ya madurado y en todo su pleno esplendor y poder persuasivo se han realizado todas las instancias de esa fenomenal construcción colectiva de no una historia sino un deseo, un sueño en vigilia, una ilusión que trasciende a cada una y a cada uno de los que necesitaron desear y soñar y verse como realizados ellos mismos en la realización o éxito o logros del otro triunfador.
¿Por qué tanta gente no realiza su vida propia sino que sueña el sueño de otros y festeja como suyos los goles que hacen otros?

Porque muchas chicas y muchachos quisieron salir lindos en una foto, cantar lindo, aunque sea en un cumpleaños o fiestita escolar o vecinal o en el programa de Galán o en Crónica TV. Muchos quisieron vestir lindo, ser vistos y admirados aunque más no sea en las imágenes fotográficas o filmadas de esas películas como las de Gardel, el rey Palito o Sandro. Y no podían, sentían que ellos no hubieran podido hacer todo eso que Carlitos o Lolita Torres o Palito o Diego o el Che Guevara sí pudieron hacer.
Todos querían fama y dinero, todos sueñan con el ascenso social, deportivo, económico y cultural. Todos tuvimos ese sueño de barrilete como Eladia Blázquez, a todos nos faltó piolín o soga o suerte o nafta super especial para despegar, triunfar, salir de perdedor, salir de pobre, sonreír ganadores como Gardel, pero sufrían pobreza, barro y miseria, tuberculósis, hambre, tísis, mal de chagas, malaria, fiebre de los rastrojos, prostitución, cárcel por hurto o por punga o pibe chorro o ratero; reformatorio, correccional, penitenciaría y todas las inconfesadas o nunca cantadas maldiciones de la pobreza y la desgracia permanente de ser clase baja. Todas y todos querían aliviar su diario sufrimiento, su frustración, sus penas, sus amarguras, sus humillaciones y sacrificios y carencias y vergüenzas. Y el remedio para esos males, el remedio natural e interno, era ilusionarse, proyectar sus ilusiones, poner en Carlitos, en Evita, en Maradona, el poder ser que ellos por sí mismos no podían ni pueden ni creen que vayan a poder nunca.
Los admiradores comparten entre ellos sus fracasos reconvertidos en esa proyección masiva de sus deseos e ilusiones en la realización cinematográfica, legendaria o fabulosa, que se levanta como arquetipo mítico o estampa Gardel, Imago Frater, el argentino que triunfó en el mundo.
Porque lo imaginan como ellos y a la vez tienen que ver y comprobar que no es como ellos, que triunfó donde ellos se quedaron, que ascendió adonde ellos no ascienden, que viajó adonde ellos no pueden viajar, que se acostó con o se casó con una o uno de una clase social a la que ellos no pueden aspirar a llegar más que como sirvientes.

¿Quién no se siente tocado cuando uno de los nuestros triunfa y baja y nos dice por micrófono:
"Barrio pobre, estoy contigo. Vuelvo a cantarte viejo amigo."
Dan ganas de votarlo presidente, dan ganas de hacerlo Papa o ascenderlo a General,
aunque el pobrerío piquetero y reo por sí solo no puede hacer eso.
La masa pobre argentina hizo catarsis con Gardel como la plebe griega de antes de Cristo hacía catarsis en el anfiteatro de Atenas, proyectando sus deseos y temores en las Olimpíadas, en los dramas y tragedias de Esquilo y otros representados en escena.
Esa catarsis no le ha hecho daño a los que se ilusionaron con cada héroe o figura idealizada en la oscuridad de la sala de cine de barrio o en la escucha casera de tangos por radio o a la vista del cantor en la vecinal o en el club de barrio.
El pobre paga para poder soñar, paga para ver bien vestido y bien engominado y bien perfumado y cantando lindo a su ídolo; paga para ver la foto del auto que ese ídolo suyo se pudo comprar – y que él desea y no podrá comprarse- Paga para ver la foto del caballo de carrera o del departamento que su ídolo se pudo comprar, paga para oír los discos que su ídolo pudo grabar y que a él le hubiera gustado grabar y no pudo.
A cada uno de los adoradores le hubiera gustado ser adorado por todos los demás humildes adoradores, pero cada uno suma a la adoración y no es nunca el semi-dios adorado sino siempre el gil de cuarta iluso cholulo adorador, el que paga para alimentar la maquinaria religiosa, social, política o artístico-cultural, la gran tramoya profana, farsesca o trucha, de esos deseos o sueños o ilusiones que en mi corazón humilde parecen tan puros y gloriosos.
Para el productor artístico es solamente un negocio, el productor no sueña con su ídolo, no desea ser Gardel. Al productor le interesa el porcentaje de ganancia de la venta multiplicada de su producto, de la venta de la imagen producida para ese consumo masivo de cultura popular que él ve como venta masiva en mercado y un sociólogo podría caracterizar o analizar como elaboración grupal del mito, como construcción del inconsciente colectivo, como puesta en escena de lo obsceno, de los deseos colectivos reunidos en un arquetipo, en ese vacío significante devenido en resemantización del viejo y nunca olvidado tótem., caído y vuelto a entronizar y adorar como nuevo ídolo o renovación de la idolatría, de la mitología o de la mitificación.
El creyente paga para seguir creyendo.

Juan José Cebreli afirma en libros y conferencias y debates que Gardel no resulta tan nefasto para la cultura de los argentinos pero que el mito alimentado con la figura de Eva Duarte de Perón sí ha sido perjudicial. Me parece que habría que revisar esas conclusiones pesimistas, peyorativas o denostativas. Hay que distinguir la persona Eva Duarte de la imagen populistamente recreada y del mito que el colectivo de los humildes hizo a partir de aquella mujer. Pero el realismo no está separado de la magia, como bien sabían Alejo Carpentier, Eduardo Galeano y Gabriel García Márquez.
La historia verdadera no se desenvuelve aparte del mito popular. Los que sueñan no hacen mal en soñar, los que desean no hacen mal en desear un Hombre Nuevo como Jesús o Mahoma o el Che, aunque la revolución sea un sueño eterno de nunca alcanzar.

Claro que los que sueñan no quieren que uno los zamarree y los despierte con un puntero de maestro ciruela, un baldazo de agua fría o una cachetada o una carcajada de burla y les diga:
pero no, boludo útil, no ves que te están engañando, que Gardel nunca fue como vos lo soñás, que Evita nunca fue en realidad como vos la soñás, que el Che nunca fue en realidad como vos lo soñás, que Tita Merelo o Mercedes Sosa o Diego Armando Maradona nunca fueron como vos los soñás.
Mucha gente siente todavía hoy que necesita, no sabemos hasta dónde, en qué grado o dosis o hasta cuando, esos analgésicos para nada truchos que son sus ilusiones, el opio fiel de creer en Dios, el opio cholulo de creer en Los Nocheros o en Soledad Pastorutti, de idolatrar a Tato Bores, a Sandrini, a Mafalda. De creer en Favaloro; en santa Yakira, en Ricky Martin, en Ricardo Montaner, en Oasis, en Fabulosos Cadillacs, en la revista RADIOLANDIA, en el Readder s Digest, en los Beatles, en el Angel de la Guarda, en Harry Potter, en Carlitos Balá, en el mito Rambo, en el mito Patoruzito, en el mito Padre Mario, difunta Correa, san La Muerte, el sombrerudo, obispo Angelelli, el Curupy, el Pombero, el alohé vera, el ginko bilova, León Gieco, Charly, Luca Prodam, Calamaro, Susana Giménez, la panacea, el placebo.
El pobrerío ignaro se siente sediento y sucio y sueña con el santo Grial, el agua bendita, la niña virgen por oposición a su vergüenza de tantas niñas hijas hermanas madres manoseadas, violadas por el policía, metido en sus anos y vaginas el dedo del oficial policía o de la mujer policía cuando a la entrada de la cárcel revisan a una mujer que va a visitar a su familiar preso, sobre todo cuando no son presos vip.

Los fracasados, los repetidores, los relegados, los humillados necesitan sacarse la vergüenza de que su abuela, su madre, su hermana, su hija, fueron y serán manoseadas por el gendarme, por el señorito, por el cura, por el pastor protestante, por el comerciante, por el capo mafia, por el jefe y señor político. Esa gente oprimida crea mitos porque sienten que sus vidas fueron pisoteadas, frustradas, violadas, ensuciadas, pero la virgencita sigue en el trono, limpia otra vez y cada vez que la necesitan; buena, santa, milagrosa, como ellos no pueden ser. Porque ellos, los consumidores de estampitas y fetiches y mitos, sienten que nunca podrán ser tan buenos como aquel objeto de ilusión, objeto de sueño o beatificación o santificación o heroización o divinizació, objeto de deseo, el catexiado, el libidinado, el amado, la amada, la famosa, el exitoso, el record de venta, el más pedido del mes, aquel que no puede andar solo y libre por nuestras calles porque se le amontonan para pedirle autógrafo, para tocarlo, para besarle o lamerle la sombra, para sacarse la foto con él y mostrársela a nuestros amigos, a nuestra familia, a otros tan pobres o ilusos como casi todos nosotros.

No se crea ningún historiólogo o politólogo mercenario massmediático vocero de la paquetocracia for export, que fabricar mitos es un mal de los que Sarmiento llamaba argentinos ignorantes, porque todos los pueblos del mundo en todas las épocas sintieron y sentirán siempre a la vez la necesidad de sobrevivir y de soñar, de hacer a la vez la historia y los mitos, las leyendas y la ciencia, el altarcito pobre y la rica arquitectura, el conocimiento más elevado y el sueño y deseo colectivo.

Rubén Vedovaldi

Rubén Vedovaldi: Breve recordatorio



NO OLVIDAR


"el que depositó
dólares
-había prometido
aquel
presidente de tormentas-
recibirá
dólares"

pero

Darío Santillán y
Maximiliano Kosteki
recibieron
balas

Rubén Vedovaldi

Ricky y la fábrica de chocolate



Superexplotación en Felfort

Un operario gana en tres años y medio lo que el patrón gasta en una noche. Las luces y las cámaras se prenden para el millonario banquete, mientras en la fábrica reinan la opresión y el abuso.

Cuando Menem decía en el ‘89 que iba a gobernar para “los niños pobres que tienen hambre y los niños ricos que tienen tristeza”, Ricardito tenía 20 años. Su padre, Carlos, llevaba décadas manejando la fábrica que fundara en 1912 el viejo Felipe. Hoy, 20 años después, don Carlos ya no está, Menem sólo hizo felices a los niños ricos, y Ricardo sigue disfrutando la fortuna que día a día genera la explotación de cientos de personas. Y aunque durante el menemismo haya vivido en Miami, asegura que “en los ’90 podíamos caminar sin seguridad y no había la delincuencia que hay ahora”. Hace semanas satura la pantalla cantando, bailando y viajando por el mundo con una cohorte de chetos a sueldo. Pero por más que sus bíceps recargados y sus cirugías al por mayor lloren y se sensibilicen, Ricardo Fort no puede esconder lo que es: la exacerbación decadente de la clase capitalista.

A puro pulmón… ajeno

Cuando le reprochan la ostentación que hace de su fortuna él responde que su familia “hizo la plata a puro pulmón”. Pero Ricky jamás podrá engañar a los cientos de hombres y mujeres que en la planta de Almagro producen “delicias” como Jack, Paragüitas o CerealFort. Menos aún a los miles que ya no están allí, los que fueron despedidos gracias a los contratos basura y la flexibilización vigente desde hace veinte años. De las 700 personas que hoy emplea Felfort, la mitad está contratada por “agencia”, trabajando en estas condiciones desde hace años. Mientras un efectivo cobra $14 la hora, por igual tarea un contratado percibe $9,85. Es decir, ni siquiera alcanza los $2000 mensuales. Y a las pagas miserables se suman jornadas extenuantes y pésimas condiciones.
Ricky muestra sus botas de U$S2.500 compradas en EE.UU., mientras a sus operarios ni siquiera se les dan zapatos de seguridad. Así, los dedos aplastados y hasta mutilados por pesados cajones son moneda corriente.
A Fort también le apasionan los relojes. Por eso se pasea con un Rolex de oro y brillantes, traído de Las Vegas. Pero las agujas que más le preocupan a su familia son las que marcan los ritmos de producción. Para Pascuas, por ejemplo, en la fábrica todo se acelera. Cuando se acerca la fecha y los capataces pasan con las planillas, quien rechace el “ofrecimiento” de horas extras sabe que tiene el despido asegurado. Si se quiere mantener el puesto, nadie puede negarse a cumplir jornadas de hasta 12 horas.

Como Jack, el destripador

Ricardo asegura que es como todos los mortales. Sin embargo para él no todas las vidas tienen el mismo valor. Mientras contrató a un equipo de niñeras para criar a los mellizos que adquirió en una empresa de genética californiana, en su fábrica la vida vale menos que un Jack. Viviana trabajó allí y lo sufrió en carne propia. “Cuando quedé embarazada tuve que ocultarlo, si lo decía antes de los 3 meses me echaban. Cuando declaré el embarazo y presenté los papeles, me echaron igual. Me sacaron a los empujones y me largaron sin un peso. Por haber levantado los cajones y trabajar parada desde el cuarto mes tuve que hacer reposo por amenaza de aborto”.
Ricky cuenta que de chico jugaba entre los muñequitos de Jack que llenaban un gran piletón de la fábrica. A Viviana entonces la invaden los recuerdos y la bronca. “Nos rompíamos las manos envasando, terminábamos con tendinitis y nos cortábamos todas con esos muñequitos”. Y agrega: “había que levantar los cajones de cereal, y después de 8 horas terminábamos con lumbalgias, dolores en la espalda y todo el cuerpo”.
Para las mujeres (que son mayoría en Felfort) los abusos además exceden las condiciones de trabajo. Los acosos de capataces y supervisores son una constante. Y hasta ex empleados aseguran que en el último piso de la planta, sobre todo durante el turno noche, se habría producido más de una violación.

Ratas

“Ponían cartones con pegamento debajo de las máquinas para atrapar a las ratas”; “habían cucarachas entre la mercadería y nos hacían levantar la que se caía al piso para envasarla igual”; “esa fábrica adentro es un infierno”. Todos los que pasaron por Felfort coinciden en los comentarios.
Las ratas y Ricky se parecen. Unas viven de los residuos fabriles, el otro del sacrificio de los demás. Cuando Fort muestra sus lujos algunos parecen indignarse y responde a tamaña impudicia con frases éticas y progresistas. “En un país lleno de pobres mostrarse así es escandaloso”, dicen. Pero el rechazo a la ostentación noventista termina cuando esos mismos progres aceptan sin chistar los millones que otros Rickys les ofrecen en auspicios y publicidades. Sin embargo, apenas un reality show y algunas excentricidades diferencian a Fort de otros millonarios como Fernández (Alfajores Jorgito), Georgalos o Pagani (Arcor). Él no quería ser un ignoto millonario, y ahí estaban Tinelli, Sofovich y Fantino para intentar convertir su “estilo de vida” en un objeto de deseo masivo.
Pero llegará el día que las ratas serán arrasadas. Porque los oprimidos descubrirán que todas ellas, gasten o no sus fortunas por TV, son parte de la misma clase explotadora que día a día acumula sus ganancias a costa de la sangre obrera.


(El testimonio de Viviana fue recogido del programa radial Pateando El Tablero, emisión del sábado 5 de Diciembre, Splendid AM 990. El resto de los testimonios, sobre los que se preservan la identidad por razones obvias, fueron recogidos entre trabajadores actuales y ex empleados de la empresa Felfort).

Fuente: Lumbre -Periódico Independiente- Buenos Aires/La Pampa

Libros: Halcones de la noche, de Roberto Ampuero



HALCONES DE LA NOCHE
de Roberto Ampuero
(Grupo Editorial Norma, Bogotá, 2009, 344 páginas)

Por Germán Cáceres

Roberto Ampuero (Valparaíso, 1953), que ha obtenido importantes premios literarios, es conocido en la Argentina principalmente por su novela Los amantes de Estocolmo (2003, libro del año en Chile), en la cual había creado una tensión y un suspenso insoportables acerca de un posible adulterio rodeado de misterio.

Aquí, en Halcones de la noche, vuelve a repetir esa intensidad narrativa, pero esta vez centrada en un thriller que posee bastantes elementos del género de espionaje. Su protagonista es el peculiar detective privado Cayetano Brulé, nacido en Cuba pero radicado en Valparaíso, “de calvita insinuada, anteojos gruesos y unos bigotazos que asociaba con películas de bandoleros mexicanos”. Además de exitoso seductor es —como el Pepe Carvalho de Manuel Vázquez Montalbán—un sibarita apasionado de las comidas elaboradas y el vino exquisito. Así, Ampuero no recurre a un policía de una comisaría, sino al prototipo personaje de la novela de enigma y de la serie negra, cuya verosimilitud es cuestionable, sobre todo si desarrolla sus actividades en un lugar del tercer mundo como Valparaíso. Sin embargo, Cayetano Brulé ya es un clásico del neopolicial hispanoamericano y ha aparecido en otras cuatro novelas del autor.

El libro impresiona por su tratamiento cinematográfico: está compuesto por capítulos cortos que ocurren en distintas ciudades del mundo, pero los une el tema de una conspiración de los antirrevolucionarios de Miami para asesinar a Fidel Castro. Es como si la frecuentación por parte de Ampuero de películas policiales contemporáneas hubiese impregnado su narrativa: el lector tiene la sensación de estar apresado por una serie de planos breves a los que se les aplicó un montaje incisivo. En cierto sentido también puede hablarse de una novela globalizada por todos los lugares del planeta en que se despliega la acción (Valparaíso, La Habana, Miami, Washington, Berlín, San Petersburgo, ciudad de México y la lista sigue).

Y aunque describe a los anticastristas de Miami como multimillonarios que gozan de lujos extravagantes y cuyos hijos estudian en universidades europeas, y denuncia que Estas Unidos cuenta con prisiones clandestinas alrededor del mundo, y que en Chile “la macroeconomía seguía floreciendo para los de arriba y la gente en la calle andaba sin un peso en los bolsillos”, no en vano es profesor de escritura creativa y literatura latinoamericana en la Universidad de Iowa, y brinda una imagen deplorable de la situación política y económica de Cuba, cuyo sistema desaprueba desde lo más profundo de su alma. Pero su escritura logra separarse de la ideología y se nutre de la aventura y la calidad: la investigación de Brulé, sólida y lógica, resulta apasionante. El oficio de Ampuero trabaja con sorpresas, vueltas de tuerca, un ritmo que no da respiro y elipsis excelentemente entrelazadas en una trama imaginativa.

Germán Cáceres




Teatro: Amargo dulzor



AMARGO DULZOR
Idea: Marcelo Katz y Javier Pomposiello. Dirección: Marcelo Katz-Hernán Carbón. Intérpretes: Julieta Carrera, Virginia Kaufmann, Martín López Carzolio y Lisandro Penelas. Escenografía: Gabriel Díaz. Diseño de vestuario: Laura Molina. Diseño de luces: Fernando Berreta. Asistente de Dirección: Fernando Maranzana. Los sábados a las 21.30 horas en Ciudad Cultural Konex, Sarmiento 3131, Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

Por Germán Cáceres

Mientras se espera que comience la función, a través de los parlantes del teatro se escuchan boleros, como una suerte de preludio a una obra que tratará sobre el amor en sus más variados y risibles recovecos. Y entonces aparece un supuesto español (Martín López Carzolio), que con ocurrente desparpajo expondrá sobre la evolución de los besos desde que existe vida en la Tierra. Comenzará con las inusitadas actitudes de simples protozoarios, reptiles y homínidos, hasta llegar al complejo homo sapiens. Lo curioso y creativo es que todo este singular besuqueo (y bastantes cosas más) está ilustrado con las sombras proyectadas en una pantalla de los otros tres actores, dando lugar a un hipnótico (y desopilante) espectáculo de sombras chinescas.

Luego están los llamados efectos teatrales, y sale desde el costado de la pantalla un personaje delgado y alto (Lisandro Penelas), para aclarar con hilarante torpeza que aquellos no son otros que las sombras proyectadas de los eróticos inconscientes de parejas que intentan seducirse. Aquí hay audacia y humor al exponer sin tapujos los anhelos y obsesiones sexuales.

Y se luce la chica acomplejada y sin éxito (Julieta Carrera), que, desesperada, se está regalando a través de un sorteo y pide a gritos que algún hombre del público se la lleve.

Por último, Virginia Kaufmann compone a una joven soñadora que sentada en un banco canta un tema romántico mientras en la pantalla se desplaza un hermoso juego de coloridas luces: es un logrado momento poético.

Es impresionante cómo el público se siente inmerso en esta buena onda que emana del escenario. Sobre el espacio al aire libre donde están las butacas se derrama un torbellino de chistes, recordando esas cataratas de gags de la comedia lunática del cine mudo norteamericano. Los intérpretes están formados en la escuela de clowns de Marcelo Katz, pero, portando vistosos atuendos tropicales (estupendos el diseño de Laura Molina y la realización de Lidia Benitez y Patricia Mizraji), se salen de ese género e ingresan a un estilo más cercano al music-hall y al stand up, en el que brillan por la destreza acrobática de su manejo corporal, ya que bailan, pelean y se caen estrepitosamente. Y, como si no fuera suficiente, cantan bien. Resulta evidente que la pieza fue gestada en forma colectiva partiendo de la improvisación actoral.

Da la sensación que todo el equipo ha visto con suma atención la filmografía completa de Los Hermanos Marx y se contagió de su delirio. Y resulta inevitable citar la definición que sobre sí mismo dio Charles Chaplin: pertenezco a una honorable profesión, la de clown.

Germán Cáceres

Cine: Amor sin escalas, de Jason Reitman



AMOR SIN ESCALAS
(Up in the air, 2009)
Dirección: Jason Reitman. Guión: Jason Reitman y Sheldon Turner, sobre la novela de Walter Kirn. Fotografía: Eric Steelberg. Música: Rolfe Kent. Intérpretes: George Clooney, Vera Farmiga, Anna Kendrick, Jason Bateman, Tamala Jones, J.K. Simmons, Danny McBride. País: EE.UU.

Por Germán Cáceres

Recordando que Jason Reitman fue el director de Juno (2007), una audaz y simpática película sobre el aborto y la adopción, ya se podía sospechar que Amor sin escalas (así fue mal traducida) no sería una comedia romántica más con George Clooney como galán. Por otra parte, tanto éste en su papel de Ryan Bingham, como Vera Farmiga (Alex) y Anna Kendrick (Natalia), brindan un gran nivel de actuación, uno de los sólidos soportes de este interesante filme, que comienza con una magnífica presentación en la que se muestran varias tomas aéreas de ciudades de los Estados Unidos.

Pero son los filosos diálogos del guión los que ponen al desnudo dos personalidades crueles y despiadadas, como los ejecutivos Ryan y Anna, cuya tarea —a la que aman y por la que sienten orgullo— consiste en echar gente dorándole la píldora con la frasesita de que el despido debe considerarse como un paso ineludible hacia un futuro mejor. Al espectador le cuesta soportar tamaña hipocresía y la total falta de sensibilidad, como también el tremendo sufrimiento de los empleados, que de golpe se encuentran en la calle por una reorganización que intenta bajar costos desprendiéndose de quienes le dieron a la empresa lo mejor de sus vidas. Ésta es la verdadera cara del sueño americano y del capitalismo salvaje.

La otra denuncia es comprobar qué consideran esos altos funcionarios el llamado “buen vivir”. Resulta asombroso la metodología que utilizan Ryan y la bella Axel para seducirse mutuamente: despliegan tarjetas de créditos premium, se recomiendan restaurantes sofisticados, enumeran los kilómetros de vuelo que acumulan y su condición de viajeros VIP, mencionan sus marcas preferidas de ropa y de perfumes. La filosofía del más burdo consumismo ha infectado sus almas y ha llevado la frivolidad y la chatura a su máxima expresión. Es altamente esclarecedor el ejemplo que da Ryan en sus frecuentes conferencias para hombres de negocios: uno tiene que moverse en la vida con una mochila o valija liviana, y para ello hay que vaciarla de afectos y sentimientos porque pesan demasiado y entorpecen la eficiencia. Mientras, en la cruel realidad, y en el mismo año en que se produjo Amor sin escalas, la población estadounidense perdía puestos de trabajo y los grandes bancos especulativos eran ayudados por el gobierno.

Otros puntos altos lo aportan la música de Rolfe Kent, muy acorde con el espíritu y ritmo del filme, y la soberbia fotografía de Eric Steeberg.

La visita de Ryan a sus parientes con motivo del casamiento de su hermana es un hallazgo de calidez y emotividad dentro de una película nada pretenciosa que denuncia con rigor un sistema injusto que intenta erigirse en modelo para la humanidad.

Germán Cáceres


Un inédito de Cortázar



Julio Cortázar: No hay discurso del método

Se puede partir de cualquier cosa, una caja de fósforos, un golpe de viento en el tejado, el estudio número 3 de Scriabin, un grito allá abajo en la calle, esa foto del Newsweek, el cuento del gato con botas, el riesgo está en eso, en que se puede partir de cualquier cosa, pero después, después hay que llegar, no se sabe bien a qué, pero llegar,
llegar no se sabe bien a qué, y el riesgo está en que en una hora final descubras que caminaste volaste corriste reptaste quisiste esperaste luchaste y entonces, entre tus manos tendidas en el esfuerzo último, un premio literario, o una mujer biliosa o un hombre lleno de departamentos y de caspa en vez del pez, en vez del pájaro, en vez de una respuesta con fragancia de helechos mojados, pelo crespo de un niño, hocico de cachorro o simplemente un sentimiento de reunión, de amigos en torno al fuego, de un tango que sin énfasis resume la suma de los actos, la pobre hermosa saga de ser hombre.

No hay discurso del método, hermano, todos los mapas mienten salvo el del corazón, pero dónde está el norte en este corazón vuelto a los rumbos de la vida, dónde el oeste, dónde el sur. Dónde está el sur en este corazón golpeado por la muerte, debatiéndose entre perros de uniforme y horarios de oficina, entre amores de interregno y duelos despedidos por tarjeta, dónde está la autopista que lleve a un Katmandú sin cáñamo, a un Shangri-La sin pactos de renuncia, dónde está el sur libre de hienas, el viento de la costa sin cenizas de uranio, de nada te valdrá mirar en torno, no hay dónde ahí afuera, apenas esos dóndes que te inventan con plexiglás y Guía Azul. El dónde es un pez secreto, el dónde es eso que en plena noche te sume en la maraña turbia de las pesadillas donde (donde del dónde) acaso un amigo muerto o una mujer perdida al otro lado de canales y de nieblas te inducen lentamente a la peor de las abominaciones, a la traición o a la renuncia, y cuando brotas de ese pantano viscoso con un grito que te tira de este lado, el dónde estaba ahí, había estado ahí en su contrapartida absoluta para mostrarte el camino, para orientar esa mano que ahora solamente buscará un vaso de agua y un calmante, porque el dónde está aquí y el sur es esto, el mapa con las rutas en ese temblor de náusea que te sube hasta la garganta, mapa del corazón tan pocas veces escuchado, punto de partida que es llegada.

Y en la vigilia está también el sur del corazón, agobiado de teléfonos y primeras planas, encharcado en lo cotidiano. Quisieras irte, quisieras correr, sabes que se puede partir de cualquier cosa, de una caja de fósforos, de un golpe de viento en el tejado, del estudio número 3 de Scriabin, para llegar no sabes bien a qué, pero llegar. Entonces, mira, a veces una muchacha parte en bicicleta, la ves de espaldas alejándose por un camino (¿la Gran Vía, King´s Road, la Avenue de Wagran, un sendero entre álamos, un paso entre colinas?), hermosa y joven la ves de espaldas yéndose, más pequeña ya, resbalando en la tercera dimensión y yéndose,
y te preguntas si llegará, si salió para llegar, si salió porque quería llegar, y tienes miedo como siempre has tenido miedo por ti mismo, la ves irse tan frágil y blanca en una bicicleta de humo, te gustaría estar con ella, alcanzarla en algún recodo y apoyar una mano en el manubrio
y decir que también tú has salido, que también tú quieres llegar al sur,
y sentirte por fin acompañado porque la estás acompañando, larga será la etapa pero allí en lo alto el aire es limpio y no hay papeles y latas en el suelo, hacia el fondo del valle se dibujará por la mañana el ojo celeste de un lago. Sí, también eso lo sueñas despierto en tu oficina o en la cárcel, mientras te aplauden en un escenario o una cátedra, bruscamente ves el rumbo posible, ves la chica yéndose en su bicicleta o el marinero con su bolsa al hombro, entonces es cierto, entonces hay gente que se va, que parte para llegar, y es como un azote de palomas que te pasa por la cara, por qué no tú, hay tantas bicicletas, tantas bolsas de viaje, las puertas de la ciudad están abiertas todavía, y escondes la cabeza en la almohada, acaso lloras. Porque, son cosas que se saben: la ruta del sur lleva a la muerte.

Allá, como la vio un poeta, vestida de almirante espera, o vestida de sátrapa o de bruja, la muerte coronel o general espera sin apuro, gentil, porque nadie se apura en los aeródromos, no hay cadalsos ni piras, nadie redobla los tambores para anunciar la pena, nadie venda los ojos de los reos ni hay sacerdotes que le den a besar el crucifijo a la mujer atada a la estaca, eso no es ni siquiera Ruán y no es Sing-Sing, no es la Santè, allá la muerte espera disfrazada de nadie, allá nadie es culpable de la muerte y la violencia es una vacua acusación de subversivos contra la disciplina y la tranquilidad del reino, allá es tierra de paz, de conferencias internacionales, copas de fútbol, ni siquiera los niños revelarán que el rey marcha desnudo en los desfiles, los diarios hablarán de la muerte cuando la sepan lejos, cuando se pueda hablar de quienes mueren a diez mil kilómetros, entonces sí hablarán, los télex y las fotos hablarán sin mordaza, mostrarán cómo el mundo es una morgue maloliente mientras el trigo y el ganado, mientras la paz del sur, mientras la civilización cristiana.

Cosas que acaso sabe la muchacha perdiéndose a lo lejos, ya inasible silueta en el crepúsculo, y quisieras estar y preguntarle, estar con ella, estar seguro de que sabe, pero cómo alcanzarla cuando el horizonte es una sola línea roja ante la noche, cuando en cada encrucijada hay múltiples opciones engañosas y ni siquiera una esfinge para hacerte las preguntas rituales.

¿Habrá llegado al sur?

¿La alcanzarás un día?

Nosotros, ¿llegaremos?

(Se puede partir de cualquier cosa, una caja de fósforos, una lista de desaparecidos, un viento en el tejado)

¿Llegaremos un día?

Ella partió en su bicicleta, la viste a la distancia, no volvió la cabeza, no se apartó del rumbo. Acaso entró en el sur, lo vio sucio y golpeado en cuarteles y calles pero sur, esperanza de sur,
sur esperanza. ¿Estará sola ahora, estará hablando con gente como ella?, ¿mirarán a lo lejos por si otras bicicletas apuntaran filosas?

(un grito allá abajo en la calle, esa foto del Newsweek)

¿Llegaremos un día?


Julio Cortázar
(Inédito, 1977)

Miriam Cairo: El avatar erótico



Por Miriam Cairo

SIRGA
Anoche no pude desmaterializarme, convertirme otra vez en esa partícula mínima que anda a tu alrededor, llenándote de vida, invisible y callada. Me desentendí de todos mis átomos a pesar de que el ángel sirga me hacía señas, indicándome que ya era la hora de entrar en tu paraíso en ruinas, para romper el óvulo de la desesperación con mis movimientos de hálito. Así es la vida de los sueños. Hacerse y deshacerse a los apurones para que los destiladores del tiempo no perciban mis viajes prohibidos cuando el suelo se pliega.

POSTIGOS
Anoche, el proceso estaba por comenzar. Me sangró la nariz, como siempre, y me puse de frente a mi propósito, pues hacia atrás o de costado, las desapariciones resultan particularmente desesperadas. Estaba de pie, colgando los brazos sin esfuerzo, la cabeza erguida de tal modo que los ojos no perdieran de vista el espejismo, mientra la luna me miraba encerrada en su calabozo de aire. Ya estaba a punto de transformarme en ese pedazo frágil y precario de mí misma que ante los postigos de la noche se abre y se cierra, cuando me detuve.

AGITACION
Apenas percibí tu llamado para salvar el cuerpo de la notoria esclavitud, miré hacia lo más hondo y el ángel cordel estiraba la mano desde el pasadizo, pero me contuve cuando el corazón, como de costumbre, se me iba saliendo de a chorritos por la nariz. Rojos borbotones de rubí florecían fatales buscando el tapón de tus dedos compasivos. En ese instante me di cuenta de que hago muchas cosas para verte, pero contarlo es difícil porque falta lo más importante: la agitación y la expectativa de estar haciendo todas esas cosas que no debo.

PUENTE
Luego de la sangría respiratoria quedé varios minutos mareada, temblorosa en la parte temblona, fulgurosa en la parte fulgente, alada en la parte voladora. Asumo que este proceso carece de originalidad, porque lo he copiado de amantes célebres, pero aún así, el desintegrarme no es un procedimiento sencillo ni explicable, porque siempre está a merced de los anacronismos, las sorpresas y los escándalos. Sobre todo cuando al ángel del puente se le da por reírse como loco del dolor de la locura y el resto del mundo se despierta y me sorprende desnuda en el aire, atascada en el proceso como una princesa rusa.

FRUSTRACIONES
Tengo para mí el compromiso de no confesarte nunca mis fracasos. A veces aterrizo en zonas extrañas. A veces quedo varada en la azotea del espejismo. A veces caigo en brazos equivocados. A veces pierdo la cabeza. Entonces recojo mis petates y vuelvo al principio porque no me gusta andar por el pasadizo tambaleante y decapitada. Cuando esto ocurre, el ángel bramante se desternilla en burlas y carcajadas porque quedo colgada sobre la raya negra del firmamento como una princesa rusa flameando encorvada en la cuerda de la ropa. Pero no vayas a deducir de esto que me va mal en mis esmeros. Esa es la ocasión en que me vuelvo a casa con un vertedero de palabras. Vos sabés que soy capaz de abortar cualquier resplandor antes de volverme estéril de sombras.

DEMASIADO
Yo me evaporo cada vez que puedo. No sé si esta facilidad me viene desde el origen, desde la estratósfera del lirio, desde el bajo vientre, desde el alma o desde ambos fundidos en su vibración microscópica. Es mejor siempre demasiado que jamás. En el fondo no importa de dónde me vienen estas cosas, lo único que vale es correr el riesgo para complacerte. Es natural en mí correr el riesgo y complacerte. El ángel puente a veces da vueltas con los brazos abiertos como quien sale de un templo para entrar en un manicomio, cuando algunos destiladores me ven flotando en el aire con la magnolia desnuda y se santiguan maldiciéndome con todo tipo de purificaciones.

LUMINARIAS
Por algún lado sale el acto de evaporarse en plena noche, mascullando el rito de salvación en la memoria. La desmaterialización es un proceso de sangre sensitiva como mano de ciego. Entonces yo me desplazo con mi cuerpo en flor, completamente a salvo de las canciones llorosas y con la pupila en llama. Para llegar a donde me llames, primero busco la orientación de las aguas de las fuentes, lo cual es fácil porque no figuran en los mapas. Luego afloro cerca de tus manos (donde las tengas) tensándome el cuello, los pies, el bajo vientre. Calibro los temblores en el pecho haciendo luminarias de mujer magnolia y expandiendo milimétricamente el espléndido imperio del suspiro.

AVATAR
Más difícil, más recogido y silencioso es el proceso de retorno. El hecho de que yo pueda hacerlo sin secuelas, no debe hacerte creer que voy y vengo creyendo que si no me amás nunca seré amada, porque en verdad pienso que si yo no te amara vos nunca serías amado. Por cuenta mía corre la provisión de lobos y el avatar erótico como golpe del émbolo sudario. Esto lo hago porque aunque no es original, puedo hacerlo. Lo hago porque, aunque es riesgoso, soy la única que puede arriesgarse en estos vecindarios. Y si bien tampoco es recomendable, lo hago porque nada recomendable está dentro de mis treces.

TALENTOS
Pero anoche me quedé en suspenso porque siento que mi poder transmutador se va resintiendo. No el poder de deshacerme, sino el de volverme a hacer. Por eso, anoche pensé que era más apropiado permanecer aquí, sola, horadando el diamante boca abajo. Creo que podrás entenderlo. Vos sabés qué bien me hacen a mí las ocupaciones boca abajo. Toda la noche boca abajo pensé que de algo hay que morir, pero por ahora sigo con vida, yendo y viniendo a través del pasadizo con el ángel sirirí, porque aunque mi talento no sea aconsejable, mi talento es así, y no es peor que otros talentos, mucho más difundidos y menos deseables.

Miriam Cairo
cairo367@hotmail.com

Germana Martin: 3 Poemas

Imagen: Germana Martin

El jardín de mis delicias

A ti

Soy la marea de tu jardín
el rocío de tu savia
la boca de tus almendras.
Soy la luna embriagada
que duerme entre tus sueños
y sigue tus pasos
por la ruta de pétalos
que llevan a tu faro.
Vestida de polen,
desnuda de hierbas,
me despierto perfumada,
y cubierta de jazmines,
con una estela dorada
entre las piernas.
Porque empecinados de amor
fecundamos estrellas
cada noche
y por arte de magia
nos parimos poemas

10.02.10


Mi Venusafrodea...

El río del deseo fluye por las venas
como un incendio dorado,
como una supernova que estalla hacia dentro,
caracola, vulva, perla, fuego...
Hay relámpagos en la sangre cuando se ama...
Hay aludes, crepúsculos, cometas que se estrellan...
Late tu mirada en el cuerpo de mi Venus,
que se mece, se aletarga,
se deja beber, se vuelve roja de mieles
y se entrega...
Mi loba huele tu silencio
lo tiene en la boca
en su lengua de rosa o de sirena...
Y juntos comulgamos
este vino pagano hecho de estrellas,
cuando mi verano se queda adormecido
acurrucado y tibio entre tus piernas...

12.02.10



Hacer el amor

Instinto de luna,
estuario entre mis piernas,
aguas primordiales
donde bebes
néctar savia lúcuma.
Hacer el amor
con tus palabras,
deshace cortezas milenarias
Se hunde en mi gruta
Tu palabra profunda
Única

Hombre de fuego y barro
Sin más rostro que tu sonrisa
Arrancas el corazón
De la niña salvaje
Y lo vuelves,
Con tu lengua de saliva y menta,
un palpitante cuerpo de mujer abierta:
corola con pétalos de cisne.

Vuelan tus manos,
se hacen palomas o cometas.
y naufragan tus naves,
aquí,
orillla adentro.
dejando que me asome al infinito,
arropada de semen y de estrellas.

18.02.10

Germana Martin
http://lapalabrachamanica.blogspot.com/

Miguel Ángel de Boer: Jonás



Supongamos que se llama Jonás, aunque ese no sea su nombre verdadero. Supongamos que tiene mas de cuarenta años. Aunque no se sabe. En realidad, tenemos que suponer muchas cosas. No queda otra.
Les cuento que Jonás es un paciente que está internado hace no sé cuantos años. Pero no son pocos. Padece un problema orgánico cerebral, por lo que de tanto en tanto entra a delirar y a alucinar, casi siempre por las noches. Y también deambula, seguramente asustado por lo que percibe, yendo de pieza en pieza o caminando por el pasillo o entre las mesas del comedor.
Pero en general suele estar bien y es lo que se dice: un encanto.
Porque Jonás es un tipo muy cariñoso, tierno y de muy buen humor. Le gusta contar cuentos en una peculiar jerigonza, dada su dificultad para hablar. Lo que no impide que se le entienda. Al menos yo. Razón por la cual, cada vez que puede, literalmente me acapara para que lo escuche, o mejor dicho, lo mire. Porque acompaña sus relatos con un despliegue de mímica, ademanes y movimientos con el cuerpo que impresiona. Cuestión que es un espectáculo verlo. Mejor a cierta distancia, porque también esparce saliva en un radio bastante amplio.
Sus temas preferidos están vinculados a seres que vienen del espacio exterior, de superhéroes o bien personajes de película. Uno de sus preferidos es el Hombre araña. Por eso ni bien me ve hace el gesto de tirar la tela con el dedo medio, y yo hago como que quedo atrapado y me desespero por salir y él se divierte en grande tirándome mas y mas, aunque yo le pida por favor que pare de una vez. Otro de sus personajes es Robocop. Y hay que ver como se transforma y realiza el movimiento para sacar la pistola, mecánicamente, con los pasos que corresponden, disfrutando a mas no poder.
Pero también me cuenta sus problemas, sus angustias, sus preocupaciones. Entre sonidos gluturales, gestos y expresándose con las mas diversas miradas, yo lo escucho – y lo miro -y voy traduciendo lo que me dice. A lo cual él va confirmando con un si, o bien se embola diciendo que no de un modo rotundo, girando la cabeza de una lado a otro como rechazando mi interpretación un tanto irritado, haciéndome sentir como un idiota. Yo a veces me desquito, haciéndolo enderezar. Porque resulta que tiene una tendencia a inclinarse hacia adelante, llegando con la cabeza casi hasta las rodillas, y se tambalea dando la impresión de que va a perder el equilibrio en cualquier momento. Ahí es cuando lo desdoblo, por asi decirlo, colocando una de mis manos en su cintura y empujando con la otra en su pecho. Según el ánimo que tenga, se ríe a carcajadas o empieza a quejarse señalándome adonde le duele como si le hiciera mucho daño. Entonces lo acaricio diciéndole pobre Jonás como le duele, y el se siente el ser mas dichoso del mundo en ese instante.
Con el tiempo lo fui comprendiendo cada vez mejor y hoy mantenemos charlas ininterrumpidas casi naturalmente. Es más, aunque no lo entienda, él no para de hablar a la vez que me sigue por todos lados y tomándome del brazo o del hombro interrumpe cualquier conversación que yo pueda estar teniendo, como si mi interlocutor no existiera.
Como es de muy buen corazón su gratitud se manifiesta de distintas maneras. Sea con besos, con abrazos, tomándome de la mano cuando caminamos por el pasillo o bien cuando salimos con los demás pacientes a dar una vuelta por la playa.
Pero una de las formas en que le gusta mostrar su afecto es representando juegos y personajes en forma particular para mi. Una suerte de show personalizado.
Uno de ellos es el del mudo. Si, del mudo.
La cosa es asi. Ni bien llego al servicio y cuando estoy saludando a los que están, él me indica que no puede hablar. Se señala la boca, la garganta, como diciendo no puedo. Muy serio, por supuesto. Yo me doy por enterado y comienza su relato por medio de señas, el cual voy traduciendo en palabras. Lo gracioso es que a veces vienen otros pacientes a presenciar la escena y se quedan impresionados viendo nuestra peculiar conversación. Mucho mas cuando les digo: pasa que Jonás hoy se quedo mudo y por eso no puede hablar. No es cierto Jonás, le pregunto. Y el invariablemente responde: si. Estallando todos de risa. Y si además agrego: aquí tenemos al mudo que habla, se hacen una panzada. Incluido él. Y yo, para que negarlo, me siento feliz.
Con él y con todos los que debieron quedarse internados, fuera porque no estaban bien, porque no querían salir, porque sus familiares viven a cientos de kilómetros o bien porque están absolutamente solos, es que pasé parte de la Navidad y del Año Nuevo, antes de que se acostaran. Y nos reímos, cantamos, nos sacamos fotos y videos, con entusiasmo y la alegría.
Al salir de allí sentí que el corazón se me estrujaba con una mezcla de regocijo y tristeza, de amargura y de dicha. Sentí pena por su situación, a la vez que afortunado de que me hubieran compartido su afecto y su mejor aprecio. Y cuando observé el estallido de los fuegos artificiales los vi más efímeros que nunca.
Porque estos desheredados de la tierra, como Jonás, son seres extraordinarios, increíbles, maravillosos. Y sus almas, sus dolores, sus alegrías, sus enojos, sus preocupaciones, sus ocurrencias, nutren mi cuerpo y mi mente día a día. Haciendo fluir como un bálsamo la vida, el amor, el consuelo, la esperanza. Fortaleciendo mi convicción y mis deseos mas genuinos por hacer de este un mundo que los dignifique. Porque de ello depende que yo me dignifique y que todos podamos dignificarnos, como merecedores de pertenecer a la especie humana.

Miguel Angel de Boer
Enero 9 de 2010
http://lasbabasdelangel.blogspot.com/


Cristina Villanueva: Gracias a la vida





A Ariel Bufano


Gracias a la vida

Creo en Violeta Parra

alumbrada de música y poemas

En Salvador Allende su entera dignidad

En Miguel Hermandez su huella
de sangre y de belleza

En la libertad que escribe incesante con
uñas en los muros.

En la alegría, el abrazo.

En la fiesta que continua al dolor

en la dulce tristeza

en las flores

la amistad

creo en los luchadores que buscan más allá.


en la ternura

en la oscuridad salpicada de sueños

en el arte de pensar

en los libros en la cama

sobre la mesa

en los libros que asaltan todos los rincones.

En mi ciudad, mi casa, mi cuerpo, surcados de

latidos.


En las palabras

leche tibia para los humanos.

En la rebelión

En los títeres,

el cine, los cafés, los recuerdos,
la murga

en el amor

que acaricia a todo lo que creo.


Cristina Villanueva
libera@arnet.com.ar

Carlos Carbone: Breves



LUISITO

Luisito un día descubrió la música en unas botellas con agua de lluvia que había en el fondo de su casa. El niño, curioso e intuitivo, con una vieja cuchara de lata fue encontrando melodías.
Creció perfeccionando la técnica, “Pájaro Campana” le salía una belleza.
Su fama saltó el alambrado de su casa y un día lo vinieron a buscar de un circo y así empezó su carrera artística entre leones y tramoyistas.
Conoció con sus botellas toda la provincia de Buenos Aires y bastante de Santa Fe, tuvo una oportunidad de irse a Chile pero su madre no lo dejó.
Con el tiempo, recaló en un cabaret pero nadie valoró allí su arte y terminó abandonando el lugar. Después, una chica que levantaba copas en aquel local le armó una página en Internet, pero no tuvo el éxito deseado y únicamente dos visitantes pasaron por ella y sin ninguna repercusión.
Luisito aún insiste con sus amadas botellas pero ya no vive de ellas, aunque sigue muy cerca. Tan cerca que consiguió trabajo en una embotelladora a sólo una cuadra de su casa.



DE OTROS VIENTOS

Reposa, noche, tu espalda desnuda
y vuelve tu semblante tímido
y brumoso
hacia mis oscuras ramas al viento.
Pastor de la terrible oscuridad
ahogado en nostalgias y sombras.

No florezco vanamente.

Soy ausencia en la tierra.



MI AMANTE NEGRA

A mi amante negra
la descubrí
entre el humo de mi habano
y la niebla de su pollera
una noche grande
ella me dio una llave azul
para abrir el tornado
de la pureza
luego
hizo su ofrenda insuperable
y derribo los miedos.

Desde ese día
mi reina de la amnesia
vive haciendo fogatas
yo solo entro
por su puerta inolvidable.

Carlos Carbone
ccarbone71@hotmail.com

Mario Capasso: Dos Cuentos



Fotocopia

Cuando a Vicente ya le dolían las piernas, escuchó la voz del hombre apostado del otro lado de la ventanilla. La pregunta lo sorprendió y, algo apesadumbrado, contestó que no, que no tenía una fotocopia, que cuando él preguntó no le habían dicho nada al respecto, que entonces dónde se podía sacar una. Y luego agregó, que por favor lo esperara, que volvería pronto, que hágame la gauchada de no cerrar, que la cola había sido larga, muy larga, y no quisiera repetirla, ¿sabe?, dijo.
Vicente salió del edificio y dobló hacia la derecha, así le habían indicado, saliendo a la derecha, ahí nomás, antes del par de columnas. Sí, en efecto, tal como le había dicho el hombre de la ventanilla, allí estaban ubicados los dos locales tan iguales y que anunciaban el mismo servicio. Eligió uno y entró. Le causó una buena impresión. No había clientes a la vista, tan sólo los dos empleados detrás del mostrador. Vicente los miró y llegó rápidamente a la conclusión: sin dudas acá trabajan bien, se nota que tienen experiencia, que se dedican a esto desde siempre.
Los empleados no se movieron durante un buen rato, parecían estudiarlo, medirlo, pesarlo.
–Por favor, quédese quieto un momento. Sí, eso, eso, así está bien –le dijo uno, justo cuando Vicente empezaba a sentirse un tanto descompuesto.
Hubo una luz entonces, y un ruido.
El que había hablado, pareció anotar algo.
–Listo, quedaron muy bien, ya pueden irse –dijo el otro.


del libro"Piedras heridas", Ediciones Corregidor, año 2005.



Tarde y fastidio

De dónde le vendría esa idea, la tarde como un fastidio de sol, si la mañana había transcurrido en el departamento con aire acondicionado, la botella y el cenicero bien a mano, con algunas fotos sobre el sillón y otras desparramadas por el piso. Si allí adentro había mirado por primera vez en años esa película de vacaciones los tres, rescatada vaya a saber cómo y para qué. Y si recién había estacionado el auto flamante y sólo lo separaba una cuadra hasta llegar a la plaza y ahí nomás, cruzando. Pero al sol debía sumarle el humo de los escapes entrándole como si fuera una novedad arrastrándolo a toser sin reconocerse en la tos, como si el que tosiera fuese aquel perro yéndose quién sabe adónde, o esa estatua condenada a permanecer, o el árbol que ahora le sirve al perro y ensombrece una parte de la estatua. Tosía pues, y resultaba absurdo, como absurdos se le antojaban los pensamientos de los últimos tiempos mientras caminaba siempre tan elegante por fuera, tan traje de corte inglés y corbata de seda, la piel bronceada a propósito en sesiones de doce minutos sin fastidio. Pero qué hacer ahora y aquí con los recuerdos, a quién recurrir cuando se descubre la soledad adentro, si ya es tarde y los muertos no pueden oír lo que no quiso, y los padres se fueron y no les ha preguntado si el abuelo era bueno o jugador o borracho. O si la guerra los había hecho andar descalzos antes que uno, buen hijo que había hecho carrera, les pagara el mejor lugar para verlos poco en horas de visita cada vez menos. La calle se mostraba entonces como la tarde misma, se diluía en un fastidio de gente al sol y de vehículos que echaban humo a su paso y él llegaría con demora y no importaba, pues temprano sólo llegan los perdedores, los que bajan la vista cuando entra para ser insultado en silencio, pues así lo reciben aquellos sobre los cuales lo ignora todo, y si alguna vez les rescató por casualidad algún nombre lo olvidó al instante por un asunto urgente que reclamaba atención. Es así nomás. Uno entra al banco por costumbre o para huir de los fantasmas, porque desde hace, ¿cuánto?, ¿y antes?, cómo era antes que no era lo mismo que ahora, cuando despilfarra su indiferencia contra clientes y subordinados, a los que ve y les da la mano y cuando aprieta el puño no hay fuerza, hay apenas un gesto blando, tan blando como inútil. Y puesto a decidir en su puesto debería hacerlo todo de nuevo, repetir cada movimiento como la primera vez, aunque hoy los pensamientos absurdos intentan trabarlo. Pero no hay salida que valga, debe resignarse a recibir a esas damas o a esos caballeros que lo tratan con cortesía, pues lo saben portador de las llaves del banco, aunque ya está cansado de lo que tanto le gustaba, cuando le pasaban un sobre blanco o gris o qué diferencia hay, si servía para comprar la felicidad a largo plazo y bajos intereses. Los señores gerentes son poderosos en ese instante, cuando negocian un expediente y lo firman o no, y si lo firman estampan sello y sonrisa y apretón de manos. Pero por qué maldición le toca atender justo hoy, con estos recuerdos como animales infatigables, a la señora que ya ve venir, con joyas hasta en las piernas para impresionarlo y chico rubio a su lado, y un velo se descorre en alguna parte e imagina que a lo mejor el chico podría parecerse, y se pregunta por qué no le aceptó esa vez la invitación para jugar al dominó y le dijo no al hijo, si el cansancio derivaba apenas de unas copas o de alguna secretaria a deshoras. Y por qué se negó a mirar cada día el cuaderno de clase e ignoró los dibujos en las paredes, y cuando los quiso mirar no encontró los cuadernos y las paredes se habían desmoronado, y ya no existía el hijo, existe quizá un ser desconocido, con barba y anteojos le pareció una vez a lo lejos, cuando no se atrevió a cruzar la calle. Entonces el hijo es un milagro crecido sin él, cómo ha podido ser sin él y ahora es sin él no sabe dónde. Y no hay remedio, se inclina y firma la solicitud de señora enjoyada con chico rubio y piensa que todo es lo mismo, la vida no tiene garantía y pase el que sigue, y si no sigue nadie mejor, porque alguien se acerca con bandeja y un café no pedido y lo saluda, cómo le va, señor, y él no adivina si ya le ha respondido algo o si acaso debe contestarle con la seriedad de antes pero no de ahora, cuando los recuerdos vuelven y lo llevan a una escena de allá lejos en el tiempo, te acordás Irene, en una mesa en un bar en una mañana con fastidio de sol en las mejillas de ella que dice no comprender cuando él le ha dicho ya es muy tarde, cómo tarde, te resistís Irene, y uno inventa algo para justificar palabras que se le descuelgan de la boca, fatales y huecas, como si un eco repitiera lo que no hubiera debido decir. Pero ya es la hora, el tiempo se ha cumplido y corresponde irse, aunque antes se impone la impostergable reunión para darles oportunidad a dos o tres de los que más lo odian de que le rindan cuenta y pleitesía y le recuerden que defienden con su honra y dedicación los intereses del banco. Ellos no saben de su desinterés de hoy por los intereses y tampoco que sólo le importan ahora las deudas contraídas en su vida y de las cuales no acierta a distinguir la caja para pagar. Y después existe de nuevo la calle, donde ya no asoma el sol y donde el humo ya no lo hace toser aunque el fastidio sigue firme adentro del que camina entre la gente, y la gente lo empuja a mirar una iglesia y a pensar si Dios alguna vez amenazó con decirle algo y Él tampoco tuvo tiempo. Entonces la tarde casi noche es una larga caminata hacia el bajo, rumbo al puerto, para qué. Y cuando llega la vida es un embrollo y hay una brisa y un barco alejándose, e imagina que quizás un rato antes y ese barco le hubiera servido aunque tal vez aún, porque ve sus luces yéndose y la memoria es un fastidio sobre el escalón que parece no acabarse y es un abismo de padres que se fueron antes de y de hijo que creció sin y de amor de Irene abandonada en una y el murallón es sólo un salto y entonces ya no es más ni la brisa ni el grito.


Cuento incluido en el libro “El futuro es un tropel absurdo”
Año 1999.

Mario Capasso
http://www.textos-en-escombros.com.ar/