miércoles, 11 de marzo de 2009

Mónica Russomanno: A la luz de las chicharras



Gracias a Gabriela Benítez


De los troncos de los eucaliptus, de las ramas de los ceibos, de las rígidas extremidades de los limoneros, de árboles, de arbustos, de donde sea, el anciano de manos ávidas, de manos de sarmiento, de vena azul, de manos de espectro manos de tinta de pluma manos de anciano. El anciano prestidigitador entre los árboles, entre los arbustos, en donde sea. El anciano destilaba las chicharras.
La viejecita allá en la profundidad de la casa fresca, sentada en su silla de madera y paja. La viejecita de pan de azúcar y vainilla, la anciana de ojos de cielo con nubes, olor a viejos muebles, ruidosa a caireles de araña polvorienta. La viejecita de salmuera y punto cruz, la viejecita almidón, remiendo invisible, zurcido de almas y penas. La viejecita esperaba.
Lo contaba Gabriela y el fuego en el asador mandaba al cielo un comentario de chispas fugaces. Los últimos pájaros dibujaban las últimas líneas en el cielo. El vino violeta en los vasos, el vino violeta dejaba marcas violeta en la mesa. Círculos de atención expectante. Ojos asombrados.
Contaba Gabriela que allá tan lejos, allá en otro mundo, tan lejos porque el tiempo es el tren más veloz; hace tanto, cuando ellos estaban vivos y habitaban la casa que ya no es. Contaba Gabriela que la viejecita se declinaba lentamente en un sumergirse de ahogada calma en su propia locura.
Contaba Gabriela y entonces, mientras Gabriela contaba la mujercita revivía un momento, antes de que la luz nos transformase a nosotros mismos en fantasmas. En la mesa con queso y salame, en la mesa con generosidad de amigos, en la íntima circularidad de un relato en proceso. Contaba Gabriela.
Dicen, dijo Gabriela, que la mujercita esta que para mí está vestida de blanco, que algunos encajes lleva, que algunas cintas enlaza, que con lenta cuchara de madera dulcea amarguea, que le da sabores a los guisos, a las mermeladas, a la vida esa que ya no está y fue y tuvo sabor por su cuchara. Dijo Gabriela de ella, de la foto en blanco negro y sobre todo grises. Dice Gabriela que la mujercita estaba predestinada a la locura, entendida la locura como sinrazón, o sea la razón única de una sola persona, razón particular personal, razón circunscripta a una solita vida, a una solita mollera trastornada, a una cabecita de trenza blanca, de rodete, a una cabecita toda arruga y frente bella y extravío delicado.
Cuenta Gabriela que todas las hermanas fueron cayendo en el sueño de la locura, de la luna con sus mareas de blanca luz. Dice que todas las hermanas fueron traspasando el umbral quizás para seguir jugando los interrumpidos juegos de la infancia, para reencontrarse del otro lado de la puerta, quién sabe. Dice Gabriela que las hermanas de a poquito y firmemente se fueron yendo al territorio de la penumbra. Y lo dice Gabriela cuando la penumbra nos atrapa de a uno, de a uno, y apenas la luz del fuego nos hace danzar los cuerpos quietos.
El viejecito sigue en el relato entre los árboles del campo. El viejecito con sombrero y escalera, con pantalones encima de la cintura, con piernas flacas, con pelitos ralos. Entre los eucaliptos, entre los ceibos retorcidos, entre los robles y los ibirá-pitá, allá lejos cuando el tiempo de las casas con galería, allá cuando los carros todavía, los herreros todavía, las vidas de quince hijos y muchas muertes y sobre todo resistencia.
El viejecito con la escalera y el mandato.
La viejecita que se iba poniendo del color de la locura, y había decidido que el sonido de las chicharras veraniegas eran la causa de la confusión, del revoltijo, de la mezcolanza en los cajones.
Las chicharras inagotables del verano, el sonido unívoco, el sólido sonido del verano en las chicharras le agotaba el seso. Eso decía. Y la viejecita le pidió al marido que le matase las chicharras.
Con la escalera, los pantalones altos, con la paciencia de quien sabe que su empresa es inútil pero necesaria. Con perfecta conciencia de que en el campo las chicharras son como los granos de arena en la playa. Con lúcida fatiga infatigable, el anciano mataba las chicharras y llevaba a su amada las prendas de su amor. Los bichos muertos.
Ni perlas ni flores ni magníficas prendas le otorgaba su afán. Un puñado de bichos muertos, su esfuerzo, su devoción, su propio alunarse por acompañarla del otro lado.
Cuenta Gabriela que él le llevaba a ella las chicharras. Cuenta Gabriela que allá lejos, hace tanto tiempo, hace vidas y años y espesa muerte. Cuenta Gabriela que hubo dos ancianos; cuenta Gabriela que hubo indudable, maravillosamente, que hubo un grande amor.

Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com

1 comentario:

Mercedes Sáenz dijo...

Además del relato que me gustó mucho, el estilo me parece el indicado. Le da un toque muy especial. Un abrazo. Mercedes