lunes, 23 de marzo de 2009

Abelardo Castillo en las Charlas de Eterna Cadencia

Abelardo Castillo en Eterna Cadencia

“Yo podría hacer de librero”
El notable escritor habló de las nuevas generaciones literarias, reivindicó a los clásicos y despejó ciertos prejuicios sobre Cortázar. “Su virtud es ser leído por adolescentes. Un autor que no puede ser leído en la adolescencia es un mal escritor”, señala.


Por Silvina Friera

El bar de la librería estaba lleno. Las charlas en Eterna Cadencia convocan a un público lector que se arrima de acuerdo con lo que ofrece ese multifacético teatro de “operaciones literarias” que renueva su cartelera estética semana tras semana. El caótico tránsito de la ciudad demoró unos minutos la llegada de Abelardo Castillo. A pesar del retraso, el balance del diálogo con Patricio Zunini podría sintetizarse con la famosa frase que pronunció Julio César, en el Senado romano: “Llegué, vi, vencí”. Tan enfáticas, entusiastas y certeras fueron sus respuestas, que logró que casi nadie se quedara con una duda o un interrogante en la punta de la lengua, algo que difícilmente se consigue en este tipo de encuentros. ¿Cómo presentar al autor de libros fundamentales de la literatura argentina de las últimas cinco décadas, Las otras puertas, El que tiene sed y Crónica de un iniciado, y al creador de revistas literarias que marcaron el rumbo de varias generaciones entre los ’60 y hasta mediados de los ’80?

La predilección literaria por determinados autores lo llevó a dirigir actualmente la colección Los recobrados en Capital Intelectual. “En el fondo hay un fuerte componente nostálgico, porque eran los libros de mi adolescencia y juventud, que me hicieron pensar que era necesario sacar una colección de libros que ya no se encuentran”, señaló Castillo, que ha rescatado a autores como Alfredo Varela, Juan José Manauta, Humberto Costantini, Eduardo Wilde, Fray Mocho y Dalmiro Sáenz, entre otros. “¿Qué hace que esos libros hayan caído en el olvido del mercado?”, preguntó Zunini. “No sé ni me interesa, porque el funcionamiento del mercado es totalmente ajeno al trabajo del escritor –planteó Castillo–. Supongo que los olvidos son fatales en literatura, pero no se puede recordar a todos los escritores que han escrito. Al principio se olvidan autores que con el tiempo no sólo son muy recordados sino los únicos recordados. El propio Shakespeare en realidad fue redescubierto por los románticos.”

“Los malos escritores son como los malos mentirosos: acumulan pruebas de los hechos que están narrando o de sus mentiras, embrollan el texto literario y lo transforman de alguna manera en ilegible. Cuando ves mucho apero, mucha sal con cuero y mucho mate, lo que no vas a ver ahí es a un escritor que está haciéndose el malandrín”, ironizó Castillo. “Cuando leemos el Martín Fierro, no dudamos de la veracidad de Hernández al contarnos su personaje y el ámbito que lo rodea. Sin embargo, Hernández no habla ni de aperos ni del color del pelaje de los caballos; no recuerdo la palabra mate y no sé si manda achura por alguna parte. Pero cuando Hernández nombra a los indios, se pone expresivo, minucioso y mentiroso porque no conocía las tolderías”, ejemplificó. “Los malos escritores acumulan pruebas de lo que desconocen; de ahí esa frase de Gibbon, que le gustaba tanto a Borges, acerca de que en el Corán no hay camellos. Mahoma no necesitaba los camellos, si le pasaban por delante y se le metían en la tienda. Los tenía tan cerca que no los veía ni los precisaba literariamente. Además estaba escribiendo en el nombre de Dios, ¡qué se iba a andar preocupando por los camellos!”

Castillo rechazó ser el padrino de los autores publicados en La joven guardia, que cuenta con un prefacio de su autoría. “Escribí ese prólogo sin haber leído el libro, y aclaré las razones por las que no lo había leído. Me pidieron un prólogo que fuera un acompañamiento a esos jóvenes escritores, pero de ninguna manera quise ser padrino de los que estaban ahí. No leí los cuentos para no tener que opinar porque probablemente hubiera estado en desacuerdo con el 90 por ciento de lo publicado”, admitió el escritor. “De ninguna manera me siento padrino de ellos, ni creo que ellos se sientan ahijados míos. Algunos me deben detestar meticulosamente. Después leí el libro, y te diría que levemente me arrepentí de que estuviera ese prólogo”, remató Castillo. “Cuando lo conocí a Borges, me dijo que hacía once años que no leía a escritores contemporáneos. Un tiempo después, Sabato me dijo que hacía once años que no leía a los contemporáneos. Descubrí que hay una edad en la vida en que uno hace once años que no lee. Lo que no implica no leer libros. Soy un ferviente lector, como diría Borges un ‘agradecido lector’, pero me tienen que asegurar con mucha vehemencia que ese autor joven que me presentan es digno de ser leído. No te olvides de que tengo 74 años; en mi biblioteca tengo más deudas que haberes.”

“Cuando era adolescente, mi director espiritual era un librero que se llamaba Fiorentino, de José María Moreno y Rivadavia –recordó el escritor–. Yo le preguntaba qué salió y me decía: ‘La peste, hay que leerlo’. Y yo leía. Ahora no tengo ese librero y ya no hay libreros para hombres que pasaron los 70 años. Yo sí puedo hacer de librero, y decirte que tal vez sea más interesante pegarle una hojeadita a Rojo y negro, de Stendhal, que a cualquiera de las últimas novelas de los escritores norteamericanos que están escribiendo en este momento. Recuerdo una frase de Isidoro Blaisten a Humberto Costantini. Teníamos todos 25 años y Humberto tendría 35; había publicado un libro, nos lo dio, y a la semana siguiente nos preguntó qué nos parecía. Isidoro le dijo: ‘¡Pero vos estás loco, no terminé de leer a Di-ckens y te voy a leer a vos!’”

–¿Usted descubrió que Charlie Parker era “El perseguidor” de Cortázar?

–Si fui el primero, que creo que sí, no sé. Cuando me puse en contacto con Cortázar, me agradeció el descubrimiento. Y creo que nuestra amistad, o lo que fuera, nació por esa crítica que escribí en el ’59 o en el ’60. Yo decía que Johnny Carter no era un personaje de ficción; era un personaje que estaba basado en Charlie Parker.

La mención del autor de Rayuela le permitió dar cátedra sobre el cuento. “Cuando Cortázar dice que él escribe sin saber adónde va, miente. Desde la primera palabra que escribió en ‘El perseguidor’ hasta la última, sabía adónde iba. Todo ese cuento, uno de los más notables de la literatura en nuestro idioma, está hecho sobre una historia que ya conocía; del mismo modo que conocía también la de otro de los cuentos notables que hay en ese libro, ‘Las armas secretas’. A mí me confesó, lo tengo en una carta, que siempre tuvo problemas con el final de ese cuento porque no podía engarzar el final real, que él tenía en la cabeza, con el final estructural, que es que el debe aparecer en el cuento. No hay cuentista que no conozca los finales de los cuentos que está escribiendo. Y si no lo conoce, es porque ya tiene una confianza desmedida en su propia palabra y sabe que su inconsciente lo va a llevar hasta el punto correcto. Cortázar lo podía decir con el mismo énfasis con el que lo estoy diciendo yo. Lo que pasa es que a veces se ponía coqueto y decía que él escribía como iluminado, que no sabía adónde iba y las palabras lo llevaban solo.”

Ante el comentario de que uno de los prejuicios es afirmar que Cortázar es un escritor para leer en la adolescencia, Castillo se despachó a gusto. “Todos los escritores son para leer en la adolescencia. Un escritor que no puede ser leído en la adolescencia es un mal escritor. Yo he leído en mi adolescencia a Dostoievski, Kafka, Sartre, Cervantes, Simone de Beauvoir, Stendhal, Flaubert. La adolescencia es una especie de estado muy parecido al talento. El adolescente siempre está abierto a todas las ideas y a las formas literarias y estéticas. ¡Cómo es posible que los adolescentes se enamoren de un escritor como Herman Hesse, que escribe sus grandes libros alrededor de los cincuenta años, que era uno de los poetas más intensos de la lengua alemana, que tenía una cultura goetheana casi escandalosa! Sin embargo, los adolescentes no sólo lo comprenden sino que lo aman. Cómo puede ser que ese adolescente de 16 o 17 años, uno de ellos era yo, comprendiera a esa edad las ideas de un hombre de cincuenta que se había pasado la vida pensando. La virtud de Cortázar es ser leído por adolescentes.”


Fuente: PáginaI12, 16/03/09
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